TELL Rancagua Julio/Agosto 2018

34 tell. cl ¿Y qué pasó? Al comienzo, yo era muy prejuicioso: no opera- ba a nadie a quien no percibiera como mujer. Decía: “Si no la percibo yo, qué van a pensar los otros”. Consulté con el jefe de servicio y me dijo: “Veamos qué pasa”. La mandamos al siquiatra, que dijo que, sicológicamente, era de sexo fe- menino. Buscamos una técnica, porque no te- níamos, y la fuimos modificando. Y bueno, una paciente trajo a otra y, al año siguiente, había- mos operado a diez. Eran pacientes beneficia- rios. No les cobrábamos nada. ¿Qué decían tus colegas? Lo veían como broma o como algo llamativo. A muchos, les molestaba. Hoy, a un treinta por ciento de la comunidad médica le incomoda la situación, por prejuicios religiosos o porque no aceptan el concepto de “sexo síquico”. Es algo que no pienso solo yo. Hay pediatras de las me- En lugar de cirugía de reasignación sexual, él prefiere el término genito- plastía. “A quien tiene siquismo femenino, yo le hago una genitoplastía fe- minizante, a partir de genitales masculinos, y al que tiene una siquis mas- culina, le hago una genitoplastía masculinizante con los genitales que tiene”, explica. En realidad, en el segundo caso, que suele ser frustrante, “porque lo que se ofrece no es muy satisfactorio”, él ha desarrollado una técnica propia, una mini-faloplastía (con que logra un pene que “orina, tiene erección y sensación, pero es pequeño, y una bolsa con testículos”). Delgado, de ojos azules y cejas canas, Mac Millan (padre de tres hijos, uno de ellos, un urólogo que no está interesado en lo que él hace) anda en zapatillas. Es deportista: sale a trotar tres veces por semana. También ha practicado remo y corrido cuatro maratones, la última, a los seten- ta años. Nacido en Valparaíso, fue el segundo hijo de un ingeniero de la marina mercante descendiente de escoceses, y de una dueña de casa. Estudió Medicina en la Universidad de Chile, en Santiago. “Mi meta era el trasplante, y rápidamente la alcancé, gracias a (Jorge) Kaplán, que hizo los primeros trasplantes múltiples de corazón, riñón e hígado de dador cadáver, en el país”, recuerda. ¿Cómo llegaste a tu primera genitoplastía? Es una historia que he contado. Fue en 1976. Yo tenía treinta y seis años y llevaba diez de urología. Había operado a una señora de un cáncer de riñón en el Van Buren, y ella fue a control y me dijo: “Doctor, estoy muy agradecida, usted me salvó la vida, pero ahora me atrevo a molestarlo, porque anoche tuve una visión”. Según ella, vio una figura celestial que le dijo: “El doctor Mac Millan va a solucionar tu problema”. Su problema era un hijo que era hija. La llevó: era alguien de unos veinticuatro años que iba vestida como mujer y a la que percibí como tal. No me gusta hablar de cambio de sexo, porque yo no les cambio el sexo; es imposible cambiar la idea de “soy hombre’ o ‘soy mujer’. Yo defino el género como lo que uno siente que es, y mis pacientes, desde niños, se sienten mujeres u hombres en un cuerpo que no les corresponde. Sufren mucho”. Janes Guerra, su primera paciente junto a su marido y la hija de este en EE.UU .

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