TELL Rancagua Julio/Agosto 2018
35 tell. cl jores universidades del mundo que, frente a un niño con caracteres ambi- guos, esperan la definición del sexo de la cabeza, para no equivocarse. Si no, se le hace un daño enorme. Los niños se definen bastante chicos. ¿Es necesario esperar hasta los dieciocho años para una cirugía? Se definen a los cuatro, cinco, seis años, y quienes lo hacen a los diecio- cho, probablemente antes fueron tratados de “homos”... Es complicado. Creo categóricamente que al preadolescente hay que tratarlo de acuerdo a su sexo sicológico. En el colegio tendrían que llamarlo María o Mario, se- gún eso, y no fregarlo más. Quizá el cambio de nombre en el documento ayudaría a que no se sienta como un fenómeno, incluso si a los dieciocho decide no operarse. Yo no operaría a nadie antes: para hacerse una ciru- gía mutilante de sexo, la persona debe estar lo más madura posible, ya que puede llegar a arrepentirse. No he tenido arrepentidos, pero puede ocurrir en el uno por ciento. El problema es que es irreversible. DESCONOCIMIENTO, CAMBIOS Y RECHAZOS Hasta hace poco, la transexualidad era considerada una patología. Aho- ra, para la OMS, es una disforia de género (malestar debido a la discor- dancia entre la identidad de género de una persona y su sexo asignado al nacer). Grosso modo , el proceso de adecuación de sexo implica tres pasos: un pase psiquiátrico, un tratamiento endocrinológico y, por último, la cirugía. “Yo no opero a alguien solo por el diagnóstico. Tiene que recha- zar sus genitales, estar viviendo con su género hace al menos un año y haber hecho modificaciones hormonales en su cuerpo. No quiero crear fenómenos. Y si, por ejemplo, a una persona que quiere una genitoplastía femenizante no le veo cara de mujer, le digo: ‘Gaste un poco de plata y arréglese la cara’”, detalla Mac Millan, mientras en Chile se discute la Ley de Identidad de Género. Según el doctor, existe mucho desconocimiento: “la gente confunde a los transexuales y los transgéneros con los homosexuales, y no tienen nada que ver. El homosexual, que siente atracción por alguien del mismo sexo, está conforme con su cuerpo y sus genitales, y representa del tres al cin- co por ciento de la población. Los transexuales son menos, cuesta hacer el cálculo porque, al igual que los transgéneros, no están visibilizados, pero serían entre el uno y el tres por ciento; ellos quieren que les cambien el cuerpo, porque no pueden vivir con él. Y el transgénero, que no es ni esto ni lo otro, o sea, tiene una indefinición sexual, no anda buscando cirugía genital (aunque algunos acomodan sus genitales)”. ¿La película Una mujer fantástica ha generado algún cambio? Puede ser que, por la película, algunos entiendan un poco más. Ahora se habla mucho más del tema. Estamos mejor que hace diez años... A mí, siempre me decían: “tú operas travestis”. Y el travesti, que se viste y caracteriza como el sexo contrario, para la gente es un homosexual dis- frazado de mujer que se prostituye en la calle. Pero yo sé que no opero travestis, porque ellos no vienen a operarse. ¿Hay muchos pacientes en lista de espera? En el Van Buren, antes operaba a un paciente por mes y tenía una lista de diez o doce por año. Ahora tengo a setenta y dos en lista de espe- ra y no puedo operar a más de quince. Es un desastre, porque cuando llega una paciente, tengo que decirle que espere tres años y yo, probablemente, no voy a estar. Me interesa que esto no muera, por eso hice un curso, para que otros colegas hagan algo igual, en otras partes: Rodrigo Baeza, Marko Gjuranovic, Jorge Hiriart, Sergio Soler. También formé a la doctora Melisa Cifuentes, para que me reemplace en el Van Bu- ren, cuando yo me retire. Con Perla Yunge, que fue mi alumna y ahora es mi pareja, trabajamos juntos en la parte privada, desde los comienzos. ¿Te buscan pacientes extranjeros? En una época tuve muchos de Argentina, porque allá la genitoplastía se consideraba una mutila- ción que conllevaba cárcel. De otros países sud- americanos también opero. La mitad de mi con- sulta privada es chilena... Los primeros pacientes privados aparecieron cinco años después de co- menzar a operar en el hospital y los tomé, a pesar de las dificultades para operarlos, porqueme han echado de muchas clínicas. En un momento, los colegas firmaron una lista, porque no aceptan que esto se siga haciendo. ¿Y cómo te has sentido? Como delincuente... Ahora que hay un boom del tema, se me considera un poco mejor. Pero, por mucho tiempo, hubo tanto rechazo, que sentía que hacía algo sucio, aunque yo consideraba que era lícito y le resolvía un problema al pa- ciente. He tenido que defenderme, porque me dicen: “Esto es inmoral”. Entonces yo digo que inmoral es impedir que alguien viva mejor, por- Los niños se definen a los cuatro, cinco, seis años, y quienes lo hacen a los dieciocho, probablemente antes fueron tratados de homos... Yo no operaría a nadie antes: para hacerse una cirugía mutilante de sexo, la persona debe estar lo más madura posible, ya que puede llegar a arrepentirse. Yo no he tenido arrepentidos, pero puede ocurrir en el uno por ciento. El problema es que es irreversible”.
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