TELL NORTE FEBRERO 2019
46 tell. cl U n día en la tarde los teléfonos de los artistas y ges- tores culturales del Norte Grande comenzaron a sonar casi en simultáneo. “¡Se murió Juanito!”, se escuchaba como si fuera un eco. Tenía sesenta y tres años Juan Salva Rodríguez cuando nos dejó. Hace apenas un par de semanas lo habían ingre- sado al hospital diagnosticado con un fulminante cáncer. El desta- cado pintor era licenciado en Artes Plásticas de la desaparecida Escuela de Bellas Artes de la Universidad del Norte. André Salva, el mayor de los cuatro hijos, se mantuvo estoico, re- cibiendo abrazos y coordinando detalles junto a su familia y her- manos, Marisol, Leonardo y Daniel. Al observar la escena, miles de reflexiones aparecen… y también unas cuantas preguntas. ¿Cómo habrá sido crecer junto a Juan? ¿Qué pasará ahora con su legado y obra? ¿Cómo ve un artista a su máximo referente que es su propio padre? Este es el relato de André, audiovisualista y cineasta que está dedicado a documentar la vida de su papá. Es una historia que nos habla de Salva, desde la perspectiva de Salva. LA HISTORIA “Recuerdo, desde muy pequeño, ver a mi papá pintando en todas partes. Mi mamá, Ivonne Navarro, cantaba y tocaba piano, cuando estudiaba en la universidad. De mi primera infancia, la imagen más nítida que tengo de mi papá es de cuando hizo clases en el Liceo La Portada, que antes se llamaba el Liceo A-22. Él estaba recién egresado cuando encontró ese trabajo y enmi memoria semezclan las fiestas de fin año con las figuras de una muralla gigante: era el primer mural que él pintó. Tengo muy claros los detalles de cuando él estaba creando este mural. Para mí era gigante y lo encontraba fascinante, porque era como una proeza. Se convirtió en mi súper héroe”, nos relata André. Ser artista es tener algo que decir. Para eso hay que nutrirse, motivarse, investigar, estudiar constantemente”. ¿Cuáles eran sus rutinas padre-hijo? Me gustaba mucho acompañarlo. Íbamos muy seguido al taller de Carlos Troncoso, al de Avelino (Sanhueza) y a un taller que tuvo con Jaime Cabre- ra, en plena calle Prat de Antofagasta. Había que subir una escalera enorme y mientras él hacía cla- ses y pintaba, amí me dejaba un caballete con una tela y pinturas. ¿Sientes que era un mundo paralelo? Totalmente mágico. Mi padre se dedicó completa- mente al arte y jamás paraba de trabajar, porque incluso los momentos de ocio los convertía en una oportunidad para reflexionar sobre cualquier tema, no solamente de arte, sino sobre la vida, la familia, el universo, todo. Hoy en día, las personas no se dan permiso para reflexionar. Todos tienen que producir y producir, y aburrirse no está permi- tido. Ser ocioso no está permitido. Lo que a uno le gusta no está permitido. Yo viví todo lo contrario: mi papá pintaba y se esforzaba y aunque no sobra- ba el dinero, se respiraba pasión en mi casa, por- que amaba lo que hacía. Valoro que tuve una niñez maravillosa, en la que pude disfrutar a mis papás, a mis abuelos, a mis amigos jugando en la calle y
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