Viña julio 2018
Fueron muchos los que siguieron el “modelo Ris- so” haciendo que, rápidamente, cada esquina de esta ciudad puerto, se poblara de pequeños —y de otros no tanto— almacenes de barrio que, además de abarrotes, en sus vitrinas exhibían sombreros, perfumes, artículos de costura, lim- pieza, entre otros productos que, al llegar de Eu- ropa, eran novedad para los chilenos. Estos negocios se ubicaron, más menos, cada seis cuadras de distancia, en las zonas donde los cerros descienden paulatinamente hacia el centro de la ciudad y, la mayor parte de ellos, optaron por las esquinas. Así, cada emporio era, por sí mismo, un lugar de encuentro y sociabili- dad para la población que habitaba en el radio de esas seis cuadras. Otros tantos llegaban también de lejos, en burro y de a caballo viajaban desde las locali- dades cercanas para abastecerse e informar- se de las novedades del barrio, del puerto e, incluso, del país, porque en los emporios las noticias se sabían. La familia atendía y lla- maba a los clientes por su nombre, abriendo espacio para largas conversaciones donde se porque, aunque llegaron sin dinero y no hablaban el idioma, los negocios de los italianos se hicieron famosos en el puerto. Así lo hizo el bis nonno Risso, abuelo de Magdalena Gissi, realizadora audiovisual que rescata es- tas realidades en su documental Emporios: inmigrantes italianos de ayer y hoy . Ella es una mujer, como muchas, de raíces compartidas entre los dos puertos, su constante preocupación por la memoria la hizo reaccionar frente a la desaparición de los almacenes de barrio y no dudó en docu- mentar sus últimos tiempos. DE LA VITRINA AL CINE La relación de Magdalena con los emporios viene de los inicios del mil novecientos, cuando su bis nonno , Francesco Risso, llega de Génova a Val- paraíso, para trabajar con Nicola, su tío, en un emporio. Al poco tiempo se casa con Elena y juntos trabajan por más de cincuenta años en el famoso emporio Risso, cuya construcción, levantada por el mismo Queco, como le decían al bis nonno , aún existe en el cerro Esperanza; en el segundo piso habita Elena Risso, su hija menor, y el primero, antiguo espacio para el almacén, está vacío. “La principal característica social de estos espacios comerciales era la familiaridad y cercanía amistosa con el barrio; mediante el negocio los extranjeros se iban relacionando con la comunidad porteña del plan”, cuenta Magdalena, y dice que según lo que le iban contando los entrevistados, seguramente esa naturalidad en la atención les permi- tió hacer comunidad e integrarse a este nuevo entorno que los acogía. Estados Unidos, parte de Brasil, Argentina, especialmente Buenos Aires, y Villa Alemana, Quilpué y Valparaíso, en Chile, fueron zonas que rápidamente se poblaron de italianos. Allí hicieron familia y también patria, trayendo desde la lejana Italia novedosos productos para el comercio.
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