TELL MAGAZINE MARZO 2020

La presencia femenina en mi obra es súper potente. Hasta el día de hoy, las mujeres siguen siendo el eje de mi vida”. U n regalo. Eso es la pintura en la vida de Mario Gómez. Delgado, sencillo y tremendamente cáli- do, vive en Isla de Maipo hace casi treinta años junto a la ce- ramista y compañera de vida, Fabiola Martínez, y sus dos hijas. Un galpón de cien metros cuadrados que mira a una laguna alberga su taller, en el que conviven cuadros de grandes dimensiones, esculturas, croqueras, pinceles y acrílicos. Más allá, otro galpón oficia de taller, donde imparte clases de cerámica. “Si hay algo que me encanta, además de la pintura, es la cerámica. Con mi señora compartimos ta- ller y trabajo, fue ella quien me introdujo al mun- do de la cerámica”. Le encanta el color verde, y conversar con la gente sobre arte, sobre sus cuadros y el proceso que hay detrás. Dice que es muy intuitivo para pintar, que se maneja mucho más en el formato grande, que se siente más cómodo y que le ha impresionado constatar que sus obras han traído paz y calma a quienes las han adquirido. “Incluso el inicio de procesos de sanación. Nunca pensé que mis obras pudieran tener incidencia en la vida de las personas más allá de lo meramen- te estético, pero desde que comencé a trabajar solo, sin galerías, hace diez años, me fueron lle- gando testimonios increíbles de clientes. Enton- ces comencé a ver la pintura como un proceso de búsqueda también. Y eso me provoca una gran responsabilidad”. La presencia femenina cruza tu obra, ¿por qué? Soy el menor de cuatro hermanas y, en general, el ambien- te en el que me crié estuvo muy marcado por la mujer y, de alguna manera, me permitió desarrollar el lado femenino y tener otra mirada con respecto a la vida. Por eso la presen- cia femenina en mi obra es súper potente. Hasta el día de hoy, las mujeres siguen siendo el eje de mi vida. VIVIR DEL ARTE Alumno de HernánMiranda, Gracia Barrios y Gonzalo Cien- fuegos, y aunque creció con el arte y la música siempre presentes en su casa —“mi mamá estudió piano en el con- servatorio y fue profesora de Artes Plásticas”—, dice que estudiar Arte en su época fue una locura. “Mi expectativa era trabajar en lo que pudiera y en mis tiempos libres dedi- carme a pintar. Nunca pensé que iba a poder vivir del arte. Jamás estuvo en mis cálculos”. El hecho de que el galerista Tomás Andreu lo apadrinara significó un gran trampolín para la carrera en ciernes de un joven Mario Gómez. “Para mí el que me contratara en exclusividad fue una bendición fuera de todo pronóstico”. Sin embargo, la relación contractual terminó el 2010, año en que expuso, por última vez, en la galería de Andreu. “El cambio de ubicación de la galería (de Alonso de Córdova a Nueva Costanera) coincidió con mi decisión de aventurarme solo. Ya tenía una cartera de clientes estable así es que me independicé y comencé a exponer afuera”.

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