TELL RANCAGUA NOVIEMBRE 2018

D esde muy pequeña, Alejandra Stevenson Durán recuerda el impacto de las melodías en su vida. La hipnotizaban y le hacían compañía, lo que más tarde marcaría su carrera. De profesión comunicadora audiovisual, pasó casi veinte años dedicada al rubro. Luego vino la crisis asiática que la forzó a reinventarse. En el 2000 entró a la escuela de música Pro- jazz en Santiago y partió lentamente su carre- ra como cantante. Sin embargo, no fue hasta el 2012, tras la muerte de su madre, que replanteó su vida y decidió dedicarse a la música de forma profesional. Han pasado seis años y siente que encontró su espacio. “Estoy más con- solidada como artista. Me siento cómoda interpretando a los grandes de la música contemporánea”. ¿Cómo partió tu pasión por la música? Esperaba ver la Pantera Rosa, Los Picapie- dras y todos los dibujos animados para es- cuchar la música, que era de Big Bands. Me hipnotizaban y marcaron un tiempo especial. El jazz llena sus días y la acompaña en todos los periodos que atraviesa. Aunque el camino no fue fácil, hoy está feliz de poder hacer lo que más le gusta: conectarse con la gente a través del canto. Por Camila Bauer S. /Fotografías José Luis Salazar Alejandra Stevenson cantante “No concibo la existencia sin la música”

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