Concepcion julio 2018

43 tell. cl do de vinos con carácter y electricidad, en una variedad mirada en menos por la industria del vino, donde Roberto ha logrado, reiteradamente, tapar bocas o, más bien, llenarlas”. A ello, Manolo Aznar, fundador de Colmado Coffee & Bakery e Híbrido Res- taurant, agrega: “Roberto tiene mucha sensibilidad como productor, en sus vinos se nota que hay un profundo conocimiento del territorio donde elabora; son vinos muy honestos y detrás de esa aparente sencillez deno- tan personalidad y complejidad a la vez. SIEMPRE NATURAL Henríquez hoy trabaja con su socio Enrique Herrera en el Santa Cruz de Coya en una viña de Nacimiento y compra la fruta a pequeños productores para desarrollar una línea de vinos naturales que está cambiando para- digmas. “Sacamos lo mejor de la viña y en la bodega seguimos tratando el producto de la manera más natural posible. No filtro, no estabilizo y la dosis que uso de preservantes es menos de un quinto de lo que ocupa la enología moderna. Ese es mi sello y voy a seguir trabajando así”, cuenta. Actualmente sus vinos, como Santa Cruz de Coya, Rivera del Notro tinto, Rivera del Notro blanco, Molino del ciego y País Verde (bautizado como “Chicha de tu madre”, por poseer menos del grado alcohólico que se exi- ge para la denominación de vino), se venden en Estados Unidos, Canadá, España, Irlanda, Inglaterra, Suecia, Bélgica, Australia y Brasil. Y en Chile se pueden comprar directamente a través del sitio web: http://robertohenri- quez.com . “Lo que viene ahora es seguir trabajando de manera sencilla. Seguiremos haciendo el vino desde la tierra y, en algún momento, me gustaría replicar todas las variedades con las que trabajo hoy, en un campo propio en Naci- miento, pero sin perder la mirada original. Soy un productor pequeño y me gusta trabajar así, rescatando la tradición campesina, de uva blanca con piel, de la vendimia de operario, del país hecho desde la tierra”, concluye. y la uva está a metros de ellos. Viven el vino, lo respiran. Eso me marcó. Eso me gustó. Eso es lo que yo quería y a eso volví a Chile”. Con veintinueve años regresó al Biobío a elabo- rar pipeño con viñateros de Nacimiento, en pa- rras de más de doscientos años. “No tenía auto así que llegué a dedo hasta Santa Juana y luego me dirigí hacia los campos para empezar a tra- bajar en nuestro vino. Vino en raulí, en yunta de bueyes, usando pilones. Yo era enólogo y había trabajado en vendimias en el extranjero y ahora estaba haciendo dedo para producir vino como campesino. Fue un momento de mucho aprendi- zaje y me siento muy orgulloso de ello”. Roberto se independizó en 2015 y formó su em- presa. “Me puse a trabajar en bodegas presta- das. Compré unas cajas cosecheras, me gané unos tanques y empecé a puro empuje a formar mi nuevo desafío. Agarraba la camioneta para mover la fruta, empecé a moler y a lavar mis ca- jas. Todo fue muy artesanal y con muchas ganas de sacar adelante el proyecto”, recuerda. Partió con una producción de dos mil botellas. Hizo el tinto Rivera del Notro y un pipeño y las coincidencias aparecieron en su camino. “Mi amigo, Eduardo Aragonés, viajó a España pocas semanas más tarde y en Barcelona, en uno de los bares de vinos naturales más importantes de Europa, le dijo a la dueña que debería tener mis vinos en su bar. Yo había formado mi empre- sa en junio. Tenía dos mil litros fantasmas y me llamaron de España para pedirme cuatrocientas botellas. Esa venta fue la clave”, asegura. “Tiempo después, una compradora de vinos de Nueva York entró a ese bar de vinos y le pregun- tó al mozo cuál era el mejor vino chileno y él le respondió: Roberto Henríquez. Ella probó el vino, le gustó y viajó a Chile a conocerme. Actualmen- te es mi mejor cliente y compra cerca del cuaren- ta por ciento de mi producción. Nunca he sabido quién fue ese mozo, pero le estoy muy agradeci- do”, complementa. Lo que ha pasado desde entonces es una carre- ra donde los expertos se deshacen en elogios. El sommelier Héctor Riquelme lo resume así: “Soy un testigo privilegiado al ver año a año el creci- miento de los vinos de Roberto y hay uno queme conmueve sin lugar a dudas: su Santa Cruz de Coya. El carácter y sentido de lugar que tiene me lleva por un viaje de sabor; el vino tiene tensión y muchos años, logrando capturar una vendimia en una botella, algo que muchos buscan, pero que no siempre se consigue en el esquivo mun- No tenía auto así que llegué a dedo hasta Santa Juana y luego me dirigí hacia los campos para empezar a trabajar en nuestro vino. Vino en raulí, en yunta de bueyes, usando pilones. Yo era enólogo y había trabajado en vendimias en el extranjero y ahora estaba haciendo dedo para producir vino como campesino. Fue un momento de mucho aprendizaje y me siento muy orgulloso de ello”. T

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