Concepcion julio 2018

42 tell. cl visión de la vitivinicultura y fui a especializarme en viñas del extranjero que tuvieran condiciones similares a las nuestras. Viajé para salirme de la teoría y aprender con los pies en la tierra”. Su primera vendimia fue en Sudáfrica, a donde llegó tras una postulación poco tradicional: “hice un listado de las cien viñas que más me intere- saban y les mandé correos electrónicos, con mi historia y mis sueños, explicando las ganas de aprender que tenía. De los cien contestaron tres. De los tres, engancharon dos. De los dos, me de- cidí por uno. Y partí”. Trabajó en una viña ubicada a treinta kilómetros del mar y se dio cuenta de que ellos se publi- citaban como viñedo de clima frío, con treinta y cinco grados de temperatura, lo que distaba de la realidad local. Estuvo cuatro meses ahí, durante la vendimia, y se fue a probar suerte a Canadá. “Los enólogos tenemos la posibilidad de viajar para hacer dos vendimias por año y eso es lo que hice. En Canadá tuve un trabajo bastante convencional. Me pasó lo mismo que en Sudáfrica, donde me encontré con procesos muy parecidos a los que desarrollan las grandes viñas en Chile. Y lo que yo estaba buscando era otra experiencia”. VOLVER A COMENZAR Roberto Henríquez no encontró lo que andaba buscando hasta que llegó a Loire, Francia. Ahí trabajó en la viña familiar Domaine Mosse. “Me metí en el proceso de una pequeña producción realizada por personas que viven en el mismo lugar donde tienen su viña. Salen de sus casas R oberto Henríquez Ascencio es el mejor enólogo del país 2017, según el círculo de cronistas gastronómicos y del vino de Chile y, además, ha sido elegido como el mejor enólogo joven innovador de Chile 2017, según El Mer- curio. Con treinta y tres años, fue el único sudamerica- no citado entre los “25 vinos imperdibles del 2017” de la publicación especializada Punch de Estados Unidos y obtuvo el premio al mejor vino País en la prestigiosa Guía Descorchados 2018, con su “San- ta Cruz de Coya”; pero definirlo por sus premios sería injusto. De hecho, él reconoce no sentirse cómodo con esa descripción. Prefiere llamarse “pro- ductor de vino”. Prefiere llamarse artesano: “Me siento orgulloso de serlo, de ponerme botas, de hacer la cosecha en el campo, de acarrear, dar vuel- ta cajas, lavar máquinas, moler, remontar vinos. De hacer la vendimia de verdad”, dice, mientras recorremos la bodega de sus vinos en Coelemu. Hasta ahí hemos llegado con el destacado sommelier chileno Héctor Riquelme y el chef español Manolo Aznar, con quienes probaremos sus mostos que se convertirán en una producción de entre veinticuatro mil y treintamil botellas de vinos provenientes del valle Biobío y el Valle del Itata. En su infancia, la familia de Roberto vacacionaba en Florida, a cincuenta kilómetros al sur del lugar donde nos encontramos, donde su tío Vicente Ascencio hacía moscatel y cargadora (cinsault) y fue ahí donde entendió que quería hacer su propio vino. Ahí supo que quería ser enólogo. Por eso, en 2003 entró a estudiar Agronomía en la Universidad de Concep- ción y empezó su incursión en el trabajo con viñas. Pasó por Undurraga, Santa Ema y Santa Rita, donde trabajó con la reconocida enóloga Cecilia Torres, mientras estudiaba para titularse. “Decidí viajar para ampliar mi Me siento orgulloso de serlo (productor de vino), de ponerme botas, de hacer la cosecha en el campo, de acarrear, dar vuelta cajas, lavar máquinas, moler, remontar vinos. De hacer la vendimia de verdad”.

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