Estaba sentada en una vereda cuando un cubano mayor, con canas y frondosa barba, se acercó a preguntar “¿De dónde eres?”. “De Chile”, respondo, como tantas veces durante el viaje. “El Paraíso”… me dice y se queda pensando. Me doy cuenta que se refiere a Valparaíso, pero la expresión de su rostro y la narración de sus recuerdos como marino mercante no me dejan hacer la aclaración correspondiente.
Conversamos y se fue. Mientras se alejaba, sentí que era yo quien estaba en el paraíso, uno lleno de contrastes y contradicciones, pero un paraíso al fin.
En este relato no encontrará descripciones de playas paradisiacas, que las hay muy cerquita, ni catas de ron, ni clases de salsa. Lo que trataré de transmitir es parte del alma de un pueblo que vive cambios dramáticos en lo externo y en lo íntimo.
La apertura de la economía permite que hoy los cubanos puedan emprender. Son pequeños negocios que ofrecen a los turistas y sus propios compatriotas: residenciales, almuerzos caseros, manicura y pedicura en sus propias casas.
DESEMBARQUE
Aunque es un destino soñado, la razón de este viaje estaba lejos de ser turística. La fecha escogida tampoco fue casual y es que esta aventura se gestó gracias a que Antofagasta fue invitada a la Feria Internacional del Libro, una de las más importantes de Iberoamérica, que se efectuó en La Habana, en febrero.
Los gestores de esta iniciativa son los siempre perseverantes Patricio Maturana y Patricio Rojas, organizadores de la Feria Internacional del Libro Zicosur de Antofagasta (FILZIC), quienes vienen desarrollando un programa de contactos con actores del mundo cultural, político y empresarial en aras de que la Perla del Norte esté debidamente representada en una delegación que mucho tiene de quijotesca, si se la compara con los recursos que, en otras latitudes, se destinan a estas empresas del arte y la cultura.
Maturana y Rojas, encabezando esta iniciativa, tienen claro, y así lo repiten cada vez que pueden, que les interesa que Antofagasta sea un polo cultural sólido, que atraiga a los escritores y cultores de las más diversas actividades artísticas de otros países, haciendo que nuestra ciudad, la de La Portada y el Ancla en el cerro, sea un punto obligado en el itinerario de quienes algo tienen que aportar en estas acciones en pro del desarrollo del espíritu humano.
Que Antofagasta esté presente en la Feria Internacional del Libro en La Habana, constituye un mérito que debemos aplaudir, por cuanto conecta a la delegación con los artífices más importantes del panorama mundial que se da cita en este mega evento de la isla y que está considerado entre los más importantes del mundo.
Los participantes de esta multidisciplinaria delegación tenían una sola misión: llevar nuestra cultura de desierto y cordillera a una isla tan distinta y distante.
Hernán Rivera, Víctor Bórquez y Jorge Vallejos llevaron nuestras letras a distintos escenarios. Punahue, Calaukán y el organizador Patricio Maturana pusieron la música; Luis Núñez y Glenn Arcos expusieron a nuestro norte en imágenes; Ramón Olivares generó el registro audiovisual con su programa Renacer Andino y Alejandra Meriño coordinó la presencia de todos. También fueron parte los consejeros Luis Caprioglio y Margarita Liquitay y los concejales Elivia Silva y Hugo Benítez, quienes asistieron a reuniones y actividades junto a chilenos residentes.
LA CABAÑA
Los integrantes de la delegación llegamos de noche e inmediatamente nos distribuimos en diferentes alojamientos de familia, en casas marcadas con una señal azul, lo que significa que cuentan con la autorización correspondiente.
En plena Habana Vieja, los valores son accesibles, aunque hay sectores más baratos y más modernos, como el Vedado. Encontrar Internet es difícil, pero no imposible. La conexión es lenta, pero permite mantenerse comunicados.
Las calles son oscuras, pero seguras. Hay cámaras que vigilan en todo momento y buscan proteger la seguridad de los turistas.
La Habana Vieja es la zona más antigua de la capital cubana. Hay edificios completos que parecen abandonados y en todo el sector todavía quedan restos de las murallas que durante dos siglos configuraron la ciudad como un recinto militar defensivo.
Los estilos arquitectónicos son una mezcla variada de diferentes épocas: corona española, británicos, franceses y estadounidenses. En una cuadra hay construcciones coloniales y fachadas neoclásicas, que acusan el abandono de casi cuarenta años sin mantención.
Caminamos hacia el Malecón, amplia avenida de seis pistas y un extenso muro que comenzó su construcción en 1901 y que recorre ocho kilómetros de la isla.
Los primeros mojitos y la primera langosta. Antofagasta ya había llegado a Cuba.
Al día siguiente, comenzaba la actividad: nuestro stand comenzaría a funcionar y todos y cada uno de los viajeros debía cumplir su rol de embajadores culturales.
Se montó una exposición fotográfica y Luis Núñez pintaba in situ, mientras Hernán Rivera y Víctor Bórquez participaban en distintos conversatorios.
Todas las actividades se desarrollan en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, un complejo militar situado en la entrada de la Bahía de La Habana, que junto a la fortaleza de San Salvador de La Punta y el Castillo de la Real Fuerza de La Habana defendían la ciudad. Actualmente es un complejo cultural y museístico. A las nueve de la noche se dispara el cañón que antiguamente anunciaba el cierre de las murallas de la ciudad como un ritual simbólico en homenaje al pasado.
La Cabaña cubre un área de setecientos metros de largo por doscientos cuarenta de ancho. Está formado por baluartes, revellines, fosos, camino cubierto, cuarteles y almacenes, que durante la Feria del Libro albergan editoriales y delegaciones de diferentes países que se reúnen año a año para reflexionar en torno a la literatura.
Durante la Feria de 2013, el tema se centró en el despertar del interés por el e-book, tema complejo en un lugar con poco acceso a las nuevas tecnologías. Los debates fueron muchos y estrecharon vínculos entre los representantes locales con importantes editoriales de la isla y el mundo.
Pero no todo podía ser literatura y en una actividad llena de energía, la delegación se presentó en la Casa de las Américas, entidad que promociona, investiga, auspicia, premia y publica la labor de escritores, artistas de la plástica, músicos, teatristas y estudiosos de la literatura, las artes y las ciencias sociales del continente.
En el salón principal, donde se presentó Víctor Jara y con una impactante obra de Roberto Matta de fondo, los artistas antofagastinos desplegaron todo su talento en el tablado. La trova de Pato Maturana, los acordes andinos de Punahue y las cuecas bravas de Calaukán llenaron el espacio y los cubanos simplemente alucinaron. Una obra de Luis Núñez quedó en esos salones, como agradecimiento por habernos permitido vivir esa experiencia de sentidos.
Luego, casi llegando al cierre del evento ferial, el espectáculo se repitió, esta vez en el escenario central de La Cabaña, en un evento masivo que poco a poco fue seduciendo a los presentes con la voz de Maturana y que contagió a los locales, quienes movían las caderas con los ritmos andinos, se deleitaban con poemas de Patricio Rojas y que terminaron en llamas con Punahue y Calaukán.
Entre presentación y presentación, Jorge Vallejos compartía su libro sobre la construcción en Antofagasta y seguían los despachos de los colegas y la expresión atónita de los cubanos cuando a través de pinturas y fotos trataban de entender la inmensidad del desierto.
NOCHE HABANERA
Pero no todo fue trabajo y, por supuesto, después de cada jornada la noche habanera nos esperaba. La ciudad está transformándose mediante un trabajo de investigación y restauración de la Oficina del Historiador de la Ciudad. Eso y la apertura provocan que ya no sea raro encontrarse con tiendas de grandes marcas y restaurantes de todo tipo: desde los paladares, que son las “picadas” de casa, hasta restaurantes gourmet e internacionales.
Tiene que cotizar porque puede resultar engañoso. Una casa de familia puede cobrar lo mismo o más que un restaurante de mantel largo.
Y si se siente solo, no se preocupe porque el don de la palabra es genético en la isla. Buenos conversadores, la mejor forma de conocer La Habana es de la mano de estos improvisados guías.
En las calles de La Habana Vieja, el arte está en todas partes. Los talleres de pintores están abiertos para que además de ver las obras, uno los vea trabajar y pregunte lo que quiera.
En cada esquina tratan de adivinar la procedencia del viajero para ofrecer desde puros hasta paladares. Converse, no desconfíe, pero haga sus propios descubrimientos, no se deje llevar.
Ahora que la gente no teme hablar, escuche y hágase su propia opinión sobre la realidad cotidiana. Y sorpréndase porque hasta los músicos del pub donde suenan las salsas, son todos profesores de danza o musicólogos o historiadores del arte.
Nadie lo tratará de usted y se abrirán todas las puertas que quiera golpear. Lo poco que hay, se comparte y la voz potente de los cubanos contagia de alegría.
Solo su mirada tiene un poco de nostalgia. Saben que la vida está cambiando y esperan adaptarse. Algunos con júbilo y otros con un poco de miedo, pero dispuestos a enfrentar el mundo.
Justo antes de volver a Chile, el cielo se nubla. Parece que no solo nosotros estamos tristes y que también la ciudad nos despide. El ritmo cadencioso de la vida sigue mientras nosotros retomamos nuestro rumbo, llenos de sueños y de proyectos para afianzar el vínculo creado.
Filzic continuará su misión y meses después, fueron los cubanos los que trajeron su arte al norte chileno. Poco a poco, este intercambio va dando frutos y esperamos seguir hablando de ellos en una próxima oportunidad.