Para ella enseñar es aprender. Entregar conocimiento y transmitirlo con amor es recibir de sus alumnos la sonrisa ante un logro y el orgullo de la satisfacción. Así, simple, acogedora y reflexiva, esta licenciada en arte ha entregado, por veinte años, no solo la técnica del arte de pintar. Su taller, sin duda, es mucho más que eso.
Por Verónica Ramos B. / Fotografía: Patricio Salfate T.
A los pies del Cerro Grande, rodeado de hortensias y una sombría arboleda, un pequeño mundo que parece abstraerse de lo cotidiano, refleja el talento y creatividad de niños, jóvenes y adultos que han descubierto aquí, su conexión con el arte.
A escasos metros de su casa, en el “taller de la Kim” —como le llaman sus alumnos— reposan sobre atriles y en medio de pinceles, espátulas, disolventes y óleos, una serie de pinturas que esperan pacientemente la llegada de sus creadores. El taller, al igual que Kim, solo descansa en el mes de febrero. El resto del año y en diferentes días de la semana, el arte de aprender, pintar y dibujar, toma vida a través de intensos colores y prodigiosas pinceladas.
Por más de veinte años y sin proponérselo, Kim Holloway ha volcado todo su conocimiento en cada una de las clases que imparte. Se graduó como licenciada en artes en la Universidad de Chile, luego realizó una mención en pintura e hizo un curso de grabados. Hasta entonces, enseñar, no estaba en sus libros.
Sus cuadros y obras en telar ocupan todos los muros de su casa, ha presentado varias exposiciones y en los últimos años se ha dedicado, también, a la decoración de departamentos pilotos, pero sin duda, lo que hace especial a Kim y que le ha dado el reconocimiento en esta zona, es su gran capacidad de maestra.
Sus alumnos no solo aprenden dibujo, óleo, acrílico o técnica mixta. Aprenden a conectarse con el arte, a sentirlo, a crear libremente, a reflexionar… a contemplar.
“Cuando era pequeña pasaba mucho tiempo con mi abuela, que también tenía un taller. La acompañaba a recolectar piedras, conchitas, raíces, de todo. De ahí partió mi afición por el arte, disfrutar del estado contemplativo de la naturaleza”.
¿Estudiar pintura, siempre fue tu prioridad?
Yo quería estudiar arquitectura, postulé y quedé, pero mi intuición me dijo que la pintura y el arte eran lo mío. Me aconsejaron que de eso no se podía vivir, pero finalmente mis padres me apoyaron, porque sabían que me hacía feliz.
¿Fue una bonita época?
Absolutamente, hice grandes amigas… en ese tiempo formaba parte de la selección de voleibol de la universidad y viajábamos a todas partes. Cuando terminé la carrera me fui a recorrer Europa, con mochila y lo justo.
¿Cuál era el sentido de este viaje?
Estudié historia del arte con un profesor maravilloso, en el subterráneo de la universidad y con diapositivas, entonces ir a todos los lugares que había estudiado durante seis años, fue una experiencia espectacular. Soy una apasionada de la pintura y me quedaba horas en los museos o frente a un cuadro. Cuando estuve frente a la obra El caballero de la mano en el pecho, de El Greco, fue tanta la emoción que me quedé largo rato disfrutándola.
¿Él es tu artista favorito?
Mi favorito es Velásquez. Él al igual que yo, manteniendo por supuesto la distancia, utiliza en sus obras muy poca pintura y eso ¡me fascina!
APRENDIZAJE MUTUO
Al poco tiempo de llegar a esta zona en el año noventa y dos, una llamada telefónica de una persona le cambió radicalmente la vida. Le pidieron hacer clases y ella, sin pensarlo mucho, aceptó. Desde entonces, Kim se ha dedicado a transmitir su pasión por el arte a alumnos de distintas edades, a compartir lo aprendido y, por sobre todo, a enseñar con devoción y entrega absoluta. “Siempre me preguntan si soy profesora o pintora, pero la verdad es que me liberé de eso, porque sentí que ser maestra me llena muchísimo. Ahora, nunca he dejado de pintar, pero lo hago libremente, no tengo una línea… es lo que me nace. Todos mis cuadros son distintos”.
Son veinte años enseñando arte…
Nunca he dejado de hacerlo. Mi primer grupo fueron ocho personas y desde entonces no he parado. Los martes hago clases a un grupo de mujeres adultas y siempre me dicen que esto no es solo un taller de pintura…
¿Qué lo hace especial?
Es una instancia reflexiva, no solo se pinta, también leemos, escuchamos charlas y analizamos temas de la vida o sobre la espiritualidad. La energía que se genera en el grupo es muy importante y si hay receptividad podemos crear estos momentos.
¿Se deben generar lazos importantes con tus alumnos?
¡Sí! Tengo una alumna muy especial… síndrome de Asperger y un corazón maravilloso. Hace cuatro años que está conmigo y nos entendemos espectacular. Con ella he aprendido una forma simple de lenguaje y con eso reafirmo que enseñar, para mí, es que me enseñen, y así he aprendido que mis alumnas son mejores que yo pintando y eso ¡me encanta! Siento que la forma de transmitir hace que los resultados sean tan positivos.
Te descubriste, entonces, a través de la enseñanza
¡Sí! Y seguiré enseñando mientras pueda. Tengo dos alumnas, Isidora e Ignacia, que entraron a mi taller a los siete años y hoy tienen dieciséis y a veces les digo: ¿cuándo se irán? (risas).
Eso habla de una metodología distinta de enseñar…
En mi época universitaria siempre sentí que los profesores entregaban lo justo y que tenían más conocimiento de lo que daban. Con mis alumnos me vuelco por completo, no me guardo ninguna información, lo entrego todo con entusiasmo y de corazón. Los niños, en mi taller, descubren que son muy buenos y lo positivo es que son los padres los que les dan la oportunidad para potenciar sus talentos.
Y al revés ¿qué te entregan tus alumnos?
El entusiasmo, la alegría, la capacidad de asombro. Cuando veo sus expresiones de satisfacción y logro ¡es simplemente maravilloso!
“Con mis alumnos me vuelco por completo, no me guardo ninguna información, lo entrego todo con entusiasmo y de corazón”.