Historia, gastronomía y arquitectura alemana configuran un lugar ideal a tan solo quince minutos de Ovalle. Es una especie de reducto europeo, donde abundan los recuerdos familiares de su dueña, que con esfuerzo, dedicación y mucha disciplina, ha logrado, en siete años, cumplir su sueño y transformarse en toda una empresaria.
Por Daniela Collao V. Fotografías Patricio Salfate T.
El primero en llegar desde Stommeln, ciudad alemana devastada por los bombardeos norteamericanos en plena Segunda Guerra Mundial, fue su tío, el sacerdote José Stegmeier, párroco durante décadas de la iglesia de Sotaquí. La miseria era grande en el viejo continente, por eso con la ayuda del cardenal José María Caro, sus abuelos, con tres de sus hijos, incluida su madre de tan solo trece años, comenzaron de cero en la lejana provincia del Limarí.
Como todo inmigrante en Chile, su familia lo pasó mal. La pobreza que querían dejar atrás no se les despegaba, pero a costa de esfuerzo y trabajo salieron adelante. Fue precisamente esa herencia la que obtuvo María Isabel.
“Nadie pensaba que iba a ocurrir el milagro alemán y que el país se iba a recuperar en diez años. La familia estaba con los brazos caídos y mi tío los invitó para que se vinieran en busca de un mejor futuro. Se embarcaron en Génova, pasaron por Buenos Aires y finalizaron en Chile. Sufrieron penurias, mi mamá vivía de la caridad, prácticamente. Estudió en el colegio Amalia Errázuriz y luego en los Sagrados Corazones de La Serena. Cuando pasaron los años, un sacerdote amigo la invitó a hacer clases de idiomas en un colegio de Puerto Varas, pues ella hablaba francés, inglés, español y alemán. En Alerce, un pueblito cercano, conoció a mi papá, hijo de inmigrantes alemanes”.
¿Y por qué deciden volver a Ovalle?
Por la salud de mi papá. Se vendió todo, yo tenía dieciocho años. Al pasar el tiempo, mis padres extrañaron el sur así es que se devolvieron. Con mis hermanos ya habíamos echado raíces y decidimos quedarnos.
Sus manos muestran trabajo. Sus uñas no están limadas; la manicure no ha pasado por ellas. El día anterior a la entrevista recibió a profesores ovallinos en un seminario, el coffe break incluyó kuchenes, chocolate caliente y sándwiches. Mientras conversamos, en la cocina ya se estaba preparando el almuerzo para las ciento cincuenta mesas reservadas para celebrar el Día del Padre. El Centro de Eventos Stommeln, en el kilómetro 15 de la ruta D 43, está impregnado de la esencia de su dueña. Por sus venas, corre la rigurosidad alemana.
Bueno, y luego de toda esta historia familiar, ¿cómo nace el emprendimiento?
Estudié secretariado bilingüe en Santiago, trabajé en La Serena y conocí a mi marido en Ovalle. Él administraba el “De Oscar”, un local de su hermano ubicado en el centro. Nos casamos y me radiqué acá junto a los cuatro hijos que tuvimos. Estuvimos dieciocho años trabajando en eso, hasta que surgió la idea de irnos a vivir al campo.
La familia estaba vinculada con el rubro entonces
Por parte de mi esposo. Empecé a apoyarlo y a trabajar con él, claro que yo aporté con lo que me gusta hacer, y me dediqué a la repostería. Pero queríamos más. Teníamos el bichito de desarrollarnos en el rubro, pero con un negocio grande. El 2001 compramos este terreno, hicimos el restaurante, comenzamos con lo básico y en siete años logramos construir todo esto.
Tiene que haber sido muy distinto en esa época.
No había piscina, ni árboles, ni terraza. Ahora, incluso, tenemos nuestra casa y ya vivimos hace un año acá.
¿Quiénes eran sus mejores clientes?
Venía mucha gente de La Serena. También viajeros, harto gringo y alemanes a quienes les llamaba la atención el nombre.
Pero no les duró mucho el restaurante. ¿Por qué decidieron hacer el giro?
Nos dimos cuenta de que esperar todos los días que llegara gente no era tan rentable, porque la mantención de personal y el local eran bastante costosos. Nos empezaron a pedir eventos, cumpleaños, matrimonios, licenciaturas, entre otras cosas, y además, durante tres años, hice cursos relacionados con esta área, como repostería, cocina internacional y también cursé un diplomado en administración hotelera. Con todas esas herramientas, nos sentimos capaces de transformar todo esto en un centro de eventos.
Había muchas más ventajas
En los eventos se ganaba mucho más y, además, se trabajaba días puntuales. Además, la vida familiar se privilegiaba porque tenemos el otro negocio y estábamos muy divididos. Empezamos a postular también a proyectos. Nos ganamos un Capital Semilla de SERCOTEC.
MANOS DE COCINERA
Si hay algo que heredó de su familia, fue el amor por la cocina. Sus abuelas eran excelentes pasteleras, su papá y abuelo elaboraban cecinas y embutidos con sus propias manos en el sur. Todos sus hermanos son muy buenos chef, según asegura. No hay nadie en Ovalle que no conozca el kuchen de nuez del “De Oscar”. “Cuando nos vamos de vacaciones, la gente se enoja porque se acaba, y yo le digo a las vendedoras que expliquen que la cocinera está descansando (ríe)”.
En esos eventos, especialmente en la gastronomía que esta ciento por ciento a su cargo, ¿cuál es su sello?
En los matrimonios, generalmente nos piden cocina internacional, pero en los otros eventos ofrezco comida sureña o alemana; por dar un ejemplo, cerdo asado, con papas naturales y chucrut. Los coffee break sí son netamente alemanes, porque ahí les sirvo mi típico kuchen de nuez, galletas, tartaletas de manzana, jugos naturales y chocolate caliente. La fama nuestra es la repostería.
¿Y en cuanto a la arquitectura del local?
Tratamos de que tuviera harta madera, como es el diseño del sur y también alemán. Quisimos darle aires de mi tierra, como para tener un rinconcito.
LA HERENCIA ALEMANA
En cada espacio de este lugar hay recuerdos de Alemania. A la entrada, una mesa acoge una foto de su tío sacerdote y una piedra de la iglesia de Stommeln. En el bar hay una bandera alemana y otra del mismo pueblo. En una de las paredes, una foto familiar muy antigua con los hermanos de su madre. Una de ellas es la tía Eduvigis. “La tradición era que cuando un integrante de la familia elegía la vida sacerdotal, una de sus hermanas tenía que sacrificarse y acompañarlo. Ella era institutriz de un castillo, tenía su novio, toda una vida ya casi encaminada. Pero abandonó todo ese mundo y se vino a Chile. Dejó todas sus comodidades. Mi tío decía que por las noches la escuchaba llorar, seguramente echaba de menos. Era muy estricta, y me enseñó mucho de disciplina”.
En términos de desarrollo personal, ¿cómo se siente con todo lo que ha logrado?
Muy contenta, creo que en siete años es harto lo que hemos hecho. Teníamos muchas ambiciones de lograrlo, pero nunca pensé que iba a resultar todo en tan poco tiempo.
¿Es lo que esperaban?
Sí, es el sueño realizado, y ahora viviendo acá, se completó el ciclo, porque es muy tranquilo, el paisaje es genial, además estamos a quince minutos de Ovalle, llevo a mi hija todos los días al jardín. Además, siempre quise tener un restaurante alemán, donde poder hacer mis cosas y desarrollarme en lo que me gusta.
¿La familia participa?
Mis hijos no, ellos están dedicados a otras cosas, pero una gran ayuda en todo es mi madre. Ella me apoya, me colabora, yo creo que no habría logrado nada de esto si ella no estuviera al lado mío. En los eventos siempre está en la cocina preocupada de que todo resulte bien, y eso para mí es un gran alivio.
¿Tiene más desafíos?
Sí, me gustaría complementar el proyecto con un salón para reuniones y seminarios, y lo que está pendiente, en el corto plazo, es un hotel, sin grandes aspiraciones ni lujos, sino que algo bonito, sencillo, pero impecable.
¿Hay plazos definidos?
Muy pronto, porque estamos vendiendo una propiedad, y con esos recursos estaríamos en condiciones de trabajar en ese proyecto.
¿Algún público en el que se quieran concentrar?
Queremos apuntar a las empresas regionales, sin dejar de lado lo otro, por supuesto, porque en la región se realiza una gran cantidad de seminarios y capacitaciones y nosotros contamos con los espacios idóneos para esas instancias.
¿Se siente una mujer emprendedora?
De todos modos. Tengo cuarenta y siete años y siento que he logrado harto. Me ha costado mucho sí, no ha sido fácil, y he trabajado más todavía. No tengo manos de señorita. El otro día tenía un matrimonio y fui a la peluquería, entonces la estilista que me atendió me dijo: ¡mire como tiene sus manos!, me dio risa, y le contesté: hija, son manos de cocinera, pasan en el agua, en la lavaza (ríe).
“Me gustaría complementar el proyecto, con un salón para reuniones y seminarios, y lo que está pendiente, en el corto plazo, es un hotel, sin grandes aspiraciones ni lujos, sino que algo bonito, sencillo, pero impecable”.