Científico, amante de las profundidades y protector de la biodiversidad marina. Tuvo el privilegio de liderar, junto a otros investigadores, los equipos del National Geographic y la ONG OCEANA, la expedición a la isla Sala y Gómez. Gracias a ello, hoy este sector cercano a Isla de Pascua fue declarado Parque Marino, conservando así ciento cincuenta mil kms. lo que lo posiciona como la primera área marina protegida de Latinoamérica y sexta del mundo. Y eso es solo el comienzo.
Por Laura Valdés P / Fotografías Patricio Salfate y gentileza OCEANA/Eduardo Sorensen
Carlos ha podido bucear en las profundidades marinas más diversas del mundo, desde la zona sub-ártica al Norte de Canadá hasta los arrecifes de coral del Caribe, pasando por los fiordos de Nueva Zelanda, el Mediterráneo, la zona continental de nuestro país, la isla Juan Fernández y, por supuesto, la Isla de Pascua. “Todos los lugares son distintos y tienen su encanto, existen paisajes y especies para maravillarse”, señala quien eligiera dedicarse a esta profesión cuando, de adolescente, disfrutaba con los documentales del famoso oceanógrafo Jacques Cousteau.
Las imágenes de las profundidades de este investigador y cinematógrafo acuático francés atraparon a Carlos y a toda una generación. Por eso eligió ser biólogo marino y especializarse en la ecología submarina, “donde se encuentra el noventa y nueve por ciento de la vida de los océanos”, añade con gran entusiasmo. No es de extrañar que, impulsado por esta pasión, pudiera contactarse hace algunos años atrás con Enric Sala, ecólogo español del National Geographic para plantearle, de forma informal, el aventurarse a la Isla Sala y Gómez para constatar su biodiversidad marina.
“Teníamos la intuición y casi la certeza de que podríamos descubrir una rica variedad de especies debido a que en este sector no ha existido la intervención del hombre. Y no nos equivocamos, casi el setenta y cinco por ciento de los peces que lo habita son especies únicas del lugar y, por ende, del mundo”, acota.
¿Qué hace que este lugar sea tan particular?
Este lugar, por estar tan aislado y lejos del hombre, alberga esta cantidad de especies únicas que no existen en el resto del planeta. Eso es excepcional, porque no ocurre en ninguna otra parte. Generalmente, las especies endémicas no pasan más allá del veinticinco o treinta por ciento, y eso ya es bueno. Imagínate lo que significa que las tres cuartas partes de las especies que se encuentren allí no existan en el resto del planeta.
Pero también las hace ser vulnerables
Sí, eso significa que de alguna manera estas especies sean frágiles y si llegan a desaparecer, lo hacen no solo para Chile, sino para el mundo. Eso nos llamó la atención y por eso realizamos las expediciones científicas para ver qué había exactamente allí.
PARQUE MARINO DEL MUNDO
El nombramiento de parque marino a Motu Motiro Hiva, como se le conoce también a la Isla Sala y Gómez, y por ende a la protección de ciento cincuenta mil kilómetros de esta área cercana a la Isla de Pascua, tuvo su origen gracias a una serie de factores que se concatenaron entre sí. Todo partió de una conversación informal entre Carlos Gaymer y Enric Sala sobre la sospecha de hallar en este lugar un tesoro de la biodiversidad marina.
El investigador de National Geographic tuvo, a los pocos meses, una reunión en Washington con el director de la ONG OCÉANA para Sudamérica, Alex Muñoz, donde ambos decidieron asociarse para juntar fuerzas y realizar una expedición al lugar. A ellos se sumaron científicos de la Universidad Católica del Norte y del CEAZA (Centro de Estudios Avanzados en Zonas Áridas) y también de la Universidad de Hawaii y el Centro de Estudios Avanzados de Blanes (España). Este grupo de excelentes profesionales se unieron para realizar las investigaciones científicas. Pero fue decisivo el papel que tuvo La National Geographic, OCEANA y La Universidad Católica del Norte en el asesoramiento al gobierno chileno, que finalmente lo declaró, el 20 de octubre del 2010, como Parque Marino y además como uno de los proyectos bicentenario.
Este nombramiento, debido a la rapidez en generarse, fue un hecho inédito…
Sí, yo no conozco o no tengo antecedentes de experiencias similares en otras partes del mundo. Aquí fue un tema de voluntad política porque en apenas dos o tres meses el parque estaba declarado. A pesar de que solo habíamos hecho una primera expedición y no era la definitiva. Tuvimos muchos apoyos, incluyendo al Senado, en donde se solicitó formalmente al ejecutivo y a la Subsecretaría de Pesca que creara un informe técnico para la declaración de esta zona como parque, haciendo la salvedad que la línea base y toda la información científica se aportaría con una segunda expedición, la que se realizó cuatro meses después.
Finalmente hubo dos expediciones en vez de una, ¿por qué?
La primera expedición fue programada para el 5 de marzo del 2010. A raíz del terremoto del 27 de febrero de ese año, el aeropuerto internacional fue cerrado y los equipos del National Geographic no pudieron entrar a Chile. Pero nosotros teníamos que llegar a Isla de Pascua porque el barco, que era de uno de los financistas de la National Geographic, ya había zarpado desde Panamá y contábamos con él para realizar esta expedición preliminar y así lo hicimos. Esto nos permitió comprobar que lo que sospechábamos era cierto. Nos encontramos con un lugar prístino, sin intervención alguna del ser humano. Por lo tanto, era un paso hacia la protección de la biodiversidad global.
Entonces en la segunda, la “oficial”, pudieron comparar resultados…
Sí. Fue muy importante aplicar la misma metodología de muestreo, pero en ambas islas (de Pascua y Motu Motiro Hiva), para darnos cuenta de cuál había sido el impacto del hombre en los cientos de años que ha tenido actividad extractiva. En esta expedición trabajamos dieciocho personas, entre científicos, fotógrafos, camarógrafos, productores y gente de apoyo a la investigación.
Pero para distintos objetivos…
Aquí hay dos caminos en paralelo. Este tipo de expediciones tiene un componente principalmente científico, en el que participan investigadores de varias partes del mundo y, el otro, tiene que ver con la producción de un documental que, obviamente, está sustentado en la parte científica. Pero son trabajos que se han movido en carriles distintos. Nuestro trabajo generó un informe científico que fue entregado a las autoridades en octubre del 2011 y fue ampliamente difundido. Por otro lado, el documental del National Geographic se estrenó a principios del 2012 y hasta ahora ha sido divulgado en Australia, Europa y, obviamente, en Chile. En nuestro país, el estreno oficial fue con las autoridades en Santiago y en la Isla de Pascua y, hace un mes, en nuestra sede de Coquimbo de la UCN.
Fue un gran paso para todos
Ha sido sorprendente, porque esta interacción que se generó entre universidad, ONG y el Estado de Chile, con el apoyo que nos dio la Armada, el Senado y el ministerio de Defensa, la misma presidencia, incluso, generó un escenario que no tenía precedentes en Chile. Abrió una puerta que ha significado que existan un montón de otros científicos que se han interesado en buscar este tipo de apoyos para poder realizar o emprender empresas de gran tamaño como fue esta, cuyo costo fue de alrededor de un millón de dólares.
Y también para el mundo. Lo señalo por la meta de llegar a la protección del diez por ciento de la biodiversidad, según el compromiso para el 2012.
Exactamente. Chile firmó un compromiso de preservar la biodiversidad en la cumbre realizada en Japón y cuya meta era proteger ese porcentaje que señalas. Chile y el resto de los países suscritos. Pero debido a que ninguno está cumpliendo con esas metas, se aplazaron al 2020. Lo interesante es que en Chile, hasta el año 2010, su zona económica exclusiva estaba protegida un 0,03%, es decir, lejísimo. La creación de este parque permitió que Chile pasara al 4,1%. Fue un salto gigantesco. Con la protección de un parque más de estas dimensiones, nuestro país podría cumplir las metas que se propuso.
Carlos Gaymer es elocuente al hablar. Disfruta explicando los detalles, no solo de esta expedición, sino de todo lo que pueda involucrar la vida marina. La primera vez que buceó fue en segundo año de biología marina en la misma universidad de la que hoy es académico y científico: la UCN. Allí se enamoró para siempre del mar y fue donde encontró a quien hoy es su señora y compañera de investigaciones. Ambos marcharon a realizar su postgrado a Canadá y regresaron a Chile para seguir aportando al mundo científico.
Sus grandes preocupaciones se centran en proteger lo que queda de la biodiversidad marina. “En los últimos cincuenta años, con la actividad pesquera industrial, el noventa por ciento de los peces de gran tamaño que se explotaban ya no están o se encuentran en niveles ínfimos. Si seguimos así, nos vamos a quedar con cero por ciento. Por eso es importante regular, crear áreas marinas protegidas. Estamos tratando de salvar un patrimonio para las futuras generaciones”.
“Teníamos la intuición y casi la certeza de que podríamos descubrir una rica variedad de especies debido a que en este sector no ha existido la intervención del hombre. Y no nos equivocamos, casi el setenta y cinco por ciento de los peces que lo habita son especies únicas del lugar y, por ende, del mundo”