Colores llamativos, texturas suaves y diseños originales son una perfecta combinación que bien sabe hacer Mané, una joven artista que desde hace cinco años decidió incursionar en el mundo de los tejidos y que ahora no solo tiene distintos puntos de ventas en la región y en el país, sino que también cuenta con la posibilidad de exportar sus productos. En su casa/taller nos abrió la puerta para compartir su historia.
Por Laura Valdés P. / Fotografía Patricio Salfate T.
Apenas unos quince minutos tardamos en llegar al taller de María Magdalena Vidaurrazaga, en la localidad de Las Rojas, camino al Valle de Elqui. A mitad de un camino de tierra, rodeada de aromos y otros árboles, se encuentra una construcción sencilla, con mucha luz y que invita a entrar y luego a quedarse. Una explosión de diseños multicolores se reparte en mesas, roperos y colgadores. Chales, echarpes, gorros, guantes, prendedores, aros… un sinfín de diseños únicos que dan ganas de probarse y comprar.
Tras unos breves segundos nos recibe cálidamente una mujer joven y de cabellera negra y abundante, Mané, como le gusta que la llamen, muestra el lugar y nos ofrece una taza de té. “Me encanta lo que hago, me gusta dar rienda suelta a la imaginación y tejer”, señala sonriendo. Es algo que nació con ella, y que al ir creciendo descubrió que tenía mucha habilidad para desarrollar. Desde muy pequeña miraba a su madre como tejía en un telar y a los once años decidió intentarlo y le resultó extraordinario. Sin embargo, no fue hasta mucho tiempo después, y por necesidades del destino, que volvió a sentarse frente a un telar para tejer. Cambió la gastronomía, de la que se tituló y trabajó durante diez años, al quedar embarazada. Las puertas se le cerraron porque se consideró que no servía para turnos de noche, ni feriados, ni eventos. Decidió no quedarse de brazos cruzados y se acordó que sabía tejer, “si tejo esto y lo vendo, entonces sigo, me dije, y no solo los vendí, sino que además me pidieron más”, señala orgullosa.
Y empezaste con tejidos más tradicionales, me imagino…
No, al contrario. Siempre me dejé llevar por mi instinto, mezclando colores, texturas. Además eran de un bastidor hecho por mí (ríe), un verdadero Frankenstein porque estaba lleno de clavos y parches. Allí hacía echarpes. Y me di cuenta de que me gustaba mucho esto de tejer. Me entusiasmé, empecé a estudiar, a investigar. Me fui incluso al norte, al interior de Iquique, a Colchane, para estudiar con una aymara la técnica del telar de cintura.
¿Durante cuánto tiempo?
Estuve diez días allí maravillada. Después apareció este telar a pedales que ves en mi taller y que realmente cayó del cielo. Yo estaba en Rengo y una señora me lo ofreció porque ella ya no podía seguir tejiendo y nadie de su familia había querido continuar con la tradición, así que se lo compré porque es como un BMV en telar y, además, ella me enseñó a tejerlo y no me costó nada.
¿Y cómo llegas al fieltro?
La primera vez que vi que se podía trabajar con este material fue porque una amiga de mi mamá le regaló un angelito de fieltro y me llamó la atención. Pasaron dos años, lo volví a ver en otra situación muy particular y me dije, ya, tengo que investigar esto porque tiene que ver con lo que es arte textil y así lo hice y empecé a ser autodidacta respecto a la técnica del fieltro. Y luego me di cuenta de que necesitaba hacer un curso, un taller. Y me inscribí con Julia Rossi, una argentina que vino a Chile a realizar unos talleres en fieltro. Y me encantó.
Se nota… tienes muchas cosas hechas con este material
Es que es una técnica súper generosa porque puedes elaborar lo que se te ocurra. También aprendí una técnica japonesa en la que apelmazas la lana sobre tela en forma ordenada. Es bastante complejo, lento, pero vas creando y los resultados son asombrosos. Además, viene la inspiración del desierto florido, de allí tanto el color como las formas que puedes ver.
¿Cómo ha sido la respuesta de la gente?
Una se siente muy orgullosa de empezar a dar pasos pequeñitos y de repente, a los cuatro o cinco años, decir ya tengo un taller, dos tiendas, clientes. La gente te considera y la recepción de los productos es súper buena, a pesar de que nos falta harto en diseño, en realizar cosas con corte en máquina. Pero las personas aprecian y valoran mucho que todo esté hecho a mano. Y por eso vuelve. Y eso ha sido muy gratificante.
HERENCIA
En estos años, la marca de Mané ha ido creciendo. Sus clientas también. Tiene cuenta en Facebook, catálogos, fotos preciosas, incluso, en un país caribeño. Esta joven se ríe al recordar su experiencia. “Fue un viaje a Cartagena de Indias y no pude evitarlo, tenía que sacar fotos de mis chales, echarpes y tenidas con ese paisaje maravilloso y tuve que modelarlos yo, pero salió algo buenísimo”. Se maneja con Transbank y las tarjetas de Red Compra. Y siente que todo se le ha dado muy bien estos últimos años. “Fue algo caído del cielo. Yo tenía siete meses de embarazo, sin trabajo y estaba muy preocupada con lo que iba a ser de mi vida. En eso se murió mi papá. Un año después supe que él me había dejado una herencia y ese dinero me sirvió como capital inicial. Fue una ayuda tremenda”, señala.
Así, esta santiaguina decidió trasladarse al Valle de Elqui. Un día mirando se encontró con un sitio que se vendía. El precio del terreno era el mismo respecto al monto que le quedaba de su herencia. Sin pensarlo, lo compró y se vino con su hija. “Estuvimos en una casa súper básica, pero la fuimos arreglando, y yo seguía tejiendo y me empezó a ir muy bien. Por eso, cuando decidí poner mi apellido como marca, lo hice pensando en mi padre, como un agradecimiento hacia él”.
CAMINO SEGURO
Mané bebe un sorbo corto de su té, mientras contemplamos el taller cálido en el que nos encontramos. Gracias a ganarse un capital semilla de SERCOTEC, fue posible implementarlo. Este lugar que se ocupa para dar clases, también sirve como punto de venta no solo de sus trabajos, sino también de otros artesanos que recién están partiendo y que concuerdan con su misma visión: “trabajamos nuestros productos, obviamente, en forma principal porque tenemos que vivir, pero además estamos asociados y les damos un espacio a otros artistas de la región, de Santiago, de Viña, Copiapó, La Serena, Coquimbo…”.
Es una nueva tendencia esa de agruparse…
Sí, es que yo creo que es la nueva forma de trabajar. Tantos años de individualismo, de no mirar para el lado, de crecer solos y pensar que el resto se pudra, eso… cambió. Nosotros estamos trabajando, además, un concepto de ecología, de medio ambiente, de decir, ¿sabes qué?, gastemos menos, reciclemos. Tomemos conciencia ambiental. No podemos seguir con tanto plástico. En fin, y además nos hemos asociado con otros diseñadores y artistas bastante buenos e innovadores. Y la gente le está tomando el gusto a lo hecho a mano.
Y les ha ido bien…
Fantástico. También tenemos una tienda en Vicuña, frente a la plaza de armas, y ha sido un gran paso. Es grande, tenemos vendedoras y entran casi cien personas al día.
Están en un punto turístico…
Exacto. Y los turistas nacionales y extranjeros aprecian mucho la confección que hacemos. De todos los artistas y diseñadores, porque incluimos, además, productos naturales de perfumería, como jabones con leche de cabra.
¿Siempre buscando el asociarse?
Es algo muy bueno. Yo no me puedo quejar. Empecé de a poco, y luego esto fue creciendo. El arriendo del puesto en el centro artesanal ubicado en la Avda. del Mar primero, luego las clases allí y en este taller, que es otra entrada importante. Han sido cinco años de no parar y de crecer. Además, tenemos productos en consignación en Copiapó, Pisco Elqui, Horcón y en el área internacional del aeropuerto de Santiago. Y nos preocupamos mucho de no dejar nuestros productos en cualquier lugar.
¿Cuando hablas de nosotros a quiénes te refieres?
A mi mamá, principalmente, ya que ella es mi socia. Todo esto parte de ella. Que yo le haya dado el plus de emprendimiento y que me haya dado cuenta de que, en realidad, podemos vivir de esto, se debe a mi empeño y fuerza. Pero ella también teje, me ayuda con mi hija, yo le ayudo a ella. Nos complementamos, por eso siempre hablo de nosotras. Además, con el tiempo se ha ido sumando otra gente, como las tejedoras, que vienen, a buscar materia prima, se la llevan, la tejen con amor, y paciencia y luego la traen de vuelta y nosotras les pagamos.
¿Qué viene ahora?
(Risas) Uf, seguir creciendo. Como filosofía de empresa nosotras esperamos que haya un cambio cultural con respecto a la artesanía y también queremos estar en la nueva modalidad del comercio justo. Nos metimos, además, en un proyecto CORFO para poder exportar, pero teniendo un sello que nos certifica bajo este concepto, donde lo que tú comercializas tiene un precio justo, pero no solo monetario, ya que a los trabajadores que tienes les pagas sueldos buenos y si la empresa vende más, el trabajador también gana más.
Te veo contenta…
Sí, feliz, orgullosa. Es que no es fácil creer en los sueños y ejecutarlos, es súper complejo y a veces uno se desanima, pero después una mira todo el camino recorrido y es gratificante. Imagínate, nosotras empezamos comprando tres kilos de lana al mes y ahora compramos ochenta kilos para hacer nuestros productos. Nosotras no pretendemos hacernos millonarias, sino simplemente vivir tranquilas, poder darle una buena educación a mi hija y hacer lo que nos gusta. Porque esto me apasiona, y yo quiero seguir estudiando, investigando, aprendiendo… tengo energía para rato.
“No es fácil creer en los sueños y ejecutarlos, es súper complejo y a veces uno se desanima, pero después una mira todo el camino recorrido y es gratificante”.