La ciudad de La Serena, y toda la región de Coquimbo, iniciaba lentamente su proceso de modernización, las calles de la ciudad y el interior de las iglesias y casas de familias más acomodadas se alumbraban con gas, abandonando las lámparas de estearina o parafina sólida. Las tejas reemplazaban a la totora, las veredas eran empedradas por los vecinos, se iniciaban las obras para utilizar agua potable mediante cañerías y, lo más importante, las obras de higiene y salubridad, para eliminar las pestes y alta mortalidad infantil. Así empieza también un camino hacia el trazado del ferrocarril.
El auge minero diseminaba una renovación cultural y tecnológica en todo el espacio social y urbano gracias a los capitales proporcionados por la minería del cobre de La Higuera, Brillador, Andacollo, Tamaya que, a su vez, también sintió los efectos positivos de la aplicación de los hornos de reverbero introducidos por Charles D’Alambert, en 1838.
A mediados del siglo XX, toda la región de Coquimbo iniciaba un despegue económico basado en la fertilidad de sus valles. La actividad minera se expande y emergen nuevos pueblos con nuevos yacimientos de oro, cobre y plata. En el valle de Elqui destacan, en la primera mitad del siglo XIX, Condoriaco, Quitana, Arqueros, Tambillos, Tamaya, La Higuera, Los Choros, Marqueza, y otros tantos ubicados en la zona pre cordillerana. La principal dificultad para desarrollar aún más la actividad era la falta de buenos caminos para el transporte animal de mulas y carretas, los cuales no permitían trasportar grandes volúmenes de metal hacia la costa, los tiempos eran demasiado largos y encarecían los costos de los fletes.
El fracaso de la participación del Estado en la construcción del ferrocarril de Santiago a Valparaíso, fortalece aún más el modelo de ferrocarril privado aplicado en Copiapó. Así es como los empresarios y comerciantes de La Serena forman la primera sociedad el año 1855, y la constituyen tres ingleses: Alex Cadleugh, Tomás Cood y Guillermo Waddington, con el único objetivo de construir un ferrocarril entre La Serena y su puerto. La Bahía de Coquimbo, ese año contaba con cinco embarcaderos y sus respectivas bodegas, propiedad de las casas comerciales chileno-británicas. Las mercaderías eran embarcadas o desembarcadas mediante espigas desde los barcos, en el medio de la bahía, y los changos o “changueadores”, con sus lanchas o botes, las trasladaban hasta la playa Changas; posteriormente, las mercaderías o lingotes y barras de metal eran conducidos, por el camino que sube y baja, al pueblo de La Cantera, pues la Aduana de La Serena estaba ubicada en la intersección del camino a Ovalle y el cerro de Pan de Azúcar.
El ferrocarril tiene una concesión por treinta años y su trazado es desde La Serena hasta la Cuesta de Las Cardas, para sacar todo el metal de ese sector; la línea tendría ramales a los establecimientos de fundiciones, sin embargo, no logran reunir el capital necesario y venden sus derechos a la “Sociedad Anónima del Ferrocarril de Coquimbo”. El gobierno le expide el decreto el 27 de octubre de 1860, iniciándose las obras el 5 de abril de 1861, y al año siguiente se concluye la sección entre La Serena y Coquimbo. En 1863 se termina la línea hasta la confluencia de los ríos Grande y Hurtado, en el valle de Limarí, pero la crecida del año en 1876, obliga al traslado de la estación hasta la Puntilla, distante cinco kilómetros de Ovalle.
El tren de Coquimbo, ayer y hoy, forma parte de la identidad y el imaginario de los porteños, nadie olvida el famoso Empalme. Su recorrido de sur a norte por la calle Aldunate, durante años la población lo vio, lo sintió; respiró el vapor y el humo que se colaba en sus casas, escucharon las ruidosas maniobras y los llamados a la prudencia y la seguridad con su bocina, pito o campana. La calzada con los restos del carboncillo que era recogido para los braseros y las fritangas.