En las vísperas de Cuaresma y Semana Santa y antes de terminar el mes de febrero, emerge con mayores bríos el carnaval, como concepto de baile, música, canciones y tributo a la belleza femenina mediante la elección de reinas y rey bufo, diseminando alegría y diversión social. Después de años de lucha por parte de la Iglesia para su total extirpación, hoy, al inicio del siglo XXI, revive como el ave Fénix. Al parecer, permanece latente o subsumido en nuestro inconsciente colectivo la experiencia y expresión de las emociones vernaculares.
La Serena conservó, hasta muy avanzado el siglo XX (1950), costumbres que se observaban desde los tiempos de la conquista y la colonia. Algunas desaparecieron al ser abolidas por el nuevo Estado liberal republicano o bien se potenciaron en la construcción de un nacionalismo histórico basado en la tradición.
Las fiestas y celebraciones del mes de febrero, propias del siglo XIX, que para la época no dejaban de tener un dejo de inmoralidad por lo que ocurría durante su desarrollo, terminaban con los tres días llamados de Chaya, Chalilón o Carnestolendas, esta última palabra, al parecer irónica respecto a su sentido gramatical. Eran tan populares y dominaba en la mayor parte de la población regional.
La práctica o juego de la chaya, a fines del siglo XIX ya estaba muy modificada respecto a sus orígenes, y consistía en arrojarse flores entre personas de ambos sexos, esto es cuando se jugaba con moderación y respeto al no existir mayor confianza entre las partes. En cambio, si eran conocidos o familiares, el hombre sujetaba a la mujer y sacando un puñado de harina le refregaba la cara y la garganta y no pocas veces la mano se tomaba otras libertades que pasaban desapercibidas para los espectadores. La mujer no se quedaba atrás respecto al refriego de la harina por la cara y en el forcejeo quedaba expuesta al roce de su cuerpo con la del varón. Pronto la harina fue remplazada por el agua, y este uso degeneró en tal medida que se acarreaba en costales y odres, capaces de voltear a la persona, por la fuerza con que se enviaba. La mujer empapada en agua dejaba traslucir su figura, a la manera moderna de camisetas mojadas, quedando expuesta a las miradas lujuriosas de los varones.
Las mujeres jugadoras de chaya no dejaban de manifestar que, aún cuando no tenían la fuerza física de sus competidores, su inteligencia les facilitaba medios para salir, en diferentes ocasiones, vencedoras con ventaja en semejantes lides, o bien tomaban la revancha de una manera que hacía honor a su sexo.
Cuando se trataba de una batalla acuática, esto es, ir a forzar los atrincheramientos femeninos, ellas multiplicaban su número llamando a las vecinas, criadas, sirvientas y muchachas y hasta los perros de la casa se sumaban al escuchar los gritos de alarma de sus amas. Así pues, muchas veces los varones combatientes debían capitular con las amables y fieras chayeras y ajustando las paces bajo palabra de honor, se formaban grupos para cambiar el juego por una improvisada reunión bailable que duraba hasta altas horas de la noche.
Sin embargo, para muchos de los chayeros y chayeras, aquella ocasión servía para desplegar galanteos, encantos, seducción y caricias a las personas de su simpatía o preferencia amorosas que, muchas veces, dejaban huellas tangibles. La prédica del miércoles de ceniza estaba dedicada, en parte, a aquellos que transformaban el juego de carnaval en bacanales propias de la antigua Grecia. Finalmente, los excesos llevaron a las autoridades a prohibir esta masiva diversión social y, a comienzos del siglo XX, era practicado solo por las niñas y niños de los sectores populares, siendo responsables de sus actos los padres, además de la atenta vigilancia de la policía y los sacerdotes de las parroquias, que llamaban a cuidar la moral y las buenas costumbres de una sociedad moderna y civilizada.