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Entrevistas

EDICIÓN | Julio 2011

Embajador del Prêt-à-porter

Octavio Pizarro
Embajador del Prêt-à-porter

Un talento de exportación con todas sus letras, pues precisamente fuera de Chile es donde más ha desarrollado carrera; radicado en Francia hace quince años, trabajó para Guy Laroche y Jacques Frades. Hoy produce sus propias colecciones, prendas exclusivas que evidencian un talento que traía desde niño. Es que siempre tuvo claro que lo suyo era la moda. A los veinte años dejó Viña del Mar para llegar a París a hacerse un nombre, y lo logró.

Por Francisca Cristi/ Fotografias gentileza Octavio Pizarro y Carmen Gloria Escudero

Octavio Pizarro transita frecuentemente entre Santiago y París, pero no precisamente de vacaciones; por el contrario, siempre está lleno de trabajos y encargos. Además de la nueva colección de invierno 2013 que prepara en la capital francesa, debe encargarse del showroom que inauguró en su departamento en Vitacura, donde recibe a sus clientas que piden hora para poder verlo y ser las primeras en echarle un vistazo a sus confecciones. A esta apretada agenda se suma la tarea de confeccionar los regalos de las últimas giras y visitas de Estado. Y no es primera vez, porque, además de Michelle Obama, también cuentan con sus delicados echarpes la Reina Sofía y Rania de Jordania. Son de alpaca con incrustaciones de piedra, y renuevan la concepción de lo étnico, sin perder ese sello de clase y distinción que lo ha llevado al éxito.

En Santiago, con champaña en mano y el Club de Golf Los Leones como telón de fondo, recibe a cada una de sus clientas, se toma el tiempo de entender qué es lo que buscan, de conversar, y con algunas, incluso, ya tiene una amistad de años. De diferentes edades, desde señoras de empresarios, cantantes, hasta actrices y animadoras de televisión, todas llegan hasta su taller. Ahora último vistió a Eva Gómez para el cierre del Festival de Viña del Mar. Acogedor y simpático, las sorprende con la prenda exacta que necesitan, es discreto en sus diseños que muestran estilo y elegancia sin caer en excesos ni recargos. Él sabe muy bien que la riqueza de un buen diseño no necesita mayores decoraciones.

 

Vestidos por doquier, carteras, polleras, pañuelos y blusas se exhiben con distinción y simpleza, como el reflejo de alguien que sabe muy bien cómo funciona esta industria donde los detalles son claves. Desde la vitrina hasta la terminación de la manga de una chaqueta, todo representa un mensaje, un sello, su sello. Ese que ha cultivado a punta de estudio, trabajo y coraje, el que lo llevó a París con tan solo veinte años, donde entró a estudiar en L´ Ecole de la Chambre Syndicale de la Couture, lugar donde la precisión y el tecnicismo son esenciales.

 

Antes de llegar ahí, Octavio se crió junto a sus padres en Viña del Mar y estudió en el Colegio Mackay. De niño iba al Samoiedo con su abuela a tomar café, y nunca ha podido olvidar ese gran cuadro que tenía la mítica cafetería de la calle Valparaíso, que muchas veces se quedaba ratos mirando. Recuerda a Viña como una ciudad de una arquitectura sementera y casas de estilo francés, sobre todo las de la calle 8 Norte donde vivía. Y es bien crítico al reconocer que, "ya no es lo que era antes, las construcciones de tantos edificios le han echado a perder ese sello tan bonito y nostálgico que alguna vez tuvo, hoy podría ser una ciudad como las del norte de Francia", explica, agregando que los sábados en la mañana iba a tomar helado a la Galería Florida. "Todos iban para allá, era como el lugar de encuentro de esa época", recuerda.

Ya en ese entonces tenía muy claro cuál sería su destino. "Toda mi vida supe lo que iba a ser, siempre fui bueno para el dibujo, me destacaba en lo artístico", y a diferencia de sus compañeros, que pensaban en rugby o fútbol, Octavio ya soñaba con la alta costura, con vivir en París y dedicarse a la pasión de su vida. Era el comienzo de una prometedora carrera que hoy lo sitúa entre los diseñadores chilenos más destacados y, sin duda, el que más desarrollo internacional ha logrado.

 

¿Qué opinas de la industria de la moda en Chile?
Industria de la moda, así tal como lo dice la palabra, no existe, y esto se debe a la economía liberal que tiene Chile. Las importaciones de ropa, sea de China o de India, sean los retails, hacen que la industria local no exista. Y eso no pasa en países como Argentina, que son proteccionistas de sus producciones propias. Esto no pasaba hace aproximadamente cincuenta años, cuando los Yarur, los Suma, Machasa, o Textil Viña eran grandes productores de textiles que ahora no existen. Como todo se hace a partir de las telas, que son la base de la moda, si no hay industria textil tampoco existe la confección, solo hay en pequeños talleres o atelieres. De todas formas, siempre hay excepciones. Están los Italmod, y pequeñas marcas donde el sentido de exportación es muy poco.

 

¿Qué te motivó irte a París?
Mi trabajo fue fundamental, y ha sido siempre la base de todas las decisiones que he hecho en mi vida, y una de las grandes decisiones fue tratar de hacer una carrera en el extranjero. París fue porque siempre estuve muy ligado a la cultura francesa por una cosa netamente personal, porque mi familia no es de origen francés, pero siempre me sentí atraído por todo lo que la cultura francesa entrega, y hasta el día de hoy me pasa lo mismo. La idea fue hacer una carrera afuera, fue también un poco de ambición; las decisiones drásticas en la vida uno las toma un poco por ambición.

 

¿En qué consiste tú trabajo allá?, ¿a quién le vendes?
Bueno, yo tengo mi oficina donde trabajo en mis colecciones y  muestro mis productos en un salón, donde van los compradores de retail que me compran y encargan al por mayor. Como tengo también clientas allá, una vez al año hago una venta donde pongo todos mis trabajos durante una semana. También exporto algunas cosas a otros países.

 

¿Cómo podrías definir o caracterizar el sello o estilo de tus diseños?
Estos últimos años he hecho un trabajo de introspección, donde la base de mi energía ha sido para encontrar mi estilo, que es lo más difícil de un diseñador. Sobre todo por la carrera que he tenido y mi biografía, pues he sido un diseñador que durante muchos años trabajé para terceros. Eso hizo que cuando terminé esa etapa de mi vida, necesitara hacerme una radiografía sobre quién era yo, y qué era lo que quería entregarle al mercado y al mundo de la moda, cuál era mi discurso, finalmente.

 

¿Y cuál es?
Es la contradicción de materias, es la lucha constante de los polos opuestos. Por ejemplo, me encanta mezclar las cosas; lo frío con lo cálido, el cuero con la lana, lo peludo con lo brillante, lo antiguo con lo moderno. Los volúmenes pueden ser volúmenes gigantes, pero al mismo tiempo se atrapan y se difunden. Hay contradicción en mi trabajo, me gustan mucho también las asimetrías, siempre las he trabajado mucho, desde chico. Las asimetrías y los trabajos geométricos han estado muy presentes en mis creaciones, soy también muy de texturas, muy textil. Lo que sí, no uso mucho color. Nunca me gustó el color porque creo que mi trabajo ya es rico en sí, y creo que poniéndole demasiado color a las cosas, se hace excesivo, too much.

 

Con más de diecisiete años de carrera, ¿cuáles han sido los hitos más significativos que han marcado tu trabajo?
Lo primero, y lo tengo súper marcado, fue mi primer desfile, como a los diecinueve años. Lo hice en el Casino de Viña del Mar a beneficio de obras sociales. El segundo fue en el Castillo Yarur, en el Cerro Castillo, a beneficio de las obras sociales de Carabineros. Yo creo que he sido el único diseñador que ha hecho un desfile en ese lugar, hice uno de invierno y otro de verano en los jardines. Fueron dos hitos que marcaron el comienzo de mi carrera.

 

¿Lo que mostraste en esa época tiene que ver con lo que haces hoy?

Sí, porque soy yo, aunque creo que ahora estoy más libre y más moderno que a los veinte años. Era un chico de Viña que no había salido al mundo, y eso también se nota. Ahora tengo una cabeza de 180 grados y veo en 180 grados, soy como un alfiler, no se me van detalles. Obviamente es la experiencia de los años, pero de todas formas yo me reconozco si veo cosas del pasado, ciertos tics como los hombros, los sigo haciendo iguales. Mi madre, por ejemplo, tiene chaquetas mías desde hace veinte años, y las sigue usando. Se ven bien aunque las proporciones no son las de ahora, porque es una chaqueta anacrónica.

 

Con respecto a tu experiencia en Francia, ¿qué fue lo que aprendiste trabajando en casas de moda como Guy Laroche y Jacques Fath?
Aprendí cómo hacer una colección, pues no se trata solamente de hacer cosas bonitas, sino de contar una historia, que haya un hilo conductor de esa historia, que haya un mensaje, y que ese mensaje quede claro; ese es el punto uno. Punto dos fue aprender cómo se hace una colección en Europa, y cómo se organiza todo esto en la industria. Eso fue súper interesante, poder crear zapatos, anteojos, crear las telas, crear mis propios estampados, todo, y eso era fantástico. La segunda experiencia, también en Guy Laroche, fue en el área más comercial, lo que yo diseñaba tenía que venderse a un cierto precio. Por ejemplo, te encuentras con situaciones como que la tela no puede ser la tela que quisiste en un principio, y tiene que ser una parecida pero más barata. O que si el pespunte que yo le hago a la manga de una chaqueta te quita treinta segundos más de lo que tienes estipulado, porque es un trabajo industrial, tienes que cambiar ese pespunte y dar con ese look u otro look, y en el tiempo acordado. Aprender a meterse en el mercado fue genial. La moda es un arte aplicado; si no vende, no sirve de nada (podría ir a parar a un museo), pero básicamente esto es saisonie, como dicen los franceses, estacional, temporal. Duran muy poco, y tienen muy corta vida. Por eso las cosas tienen que salir muy rápido.

 

Tus referentes en el mundo de la moda, ¿a quiénes admiras?
A Yves Saint Laurent por su historia, me gusta porque es muy francés. Francés de franceses, a pesar de que era argelino. Un tipo que en su juventud marcó e hizo cambios en la moda muy importantes, como el pantalón, el esmoquin, la línea H o los vestidos de pintores. Todo eso ha llamado mucho mi atención. De los contemporáneos, Alexander McQueen me gusta mucho. También Riccardo Tisci de Givenchy, porque me encanta lo renacentista, como monacal, pero con toques posmodernos, hiper contemporáneo.

 

¿En Chile, quién consideras que ha marcado tendencia?
Creo que Rubén Campos es la persona que ha sabido seguir vigente, aunque su universo no es el mío, no compartimos los mismos clientes, no es lo que yo hago, ni lo que me gusta, pero le reconozco un trabajo y una carrera muy lógica, y eso es respetable.

 

Volviendo a París, ¿cómo son y cómo se visten las francesas?
La francesa es como Catherine Deneuve en la película Belle de Jour, mujer fría y distante, sin serlo, pero lo lleva en sus genes, una distancia y una elegancia innata, siendo que puede no ser una mujer fashion, pero igual tienen una cultura de cómo ponerse las cosas y un clasicismo muy francés. No es de usar colores para nada, porque además París no tiene mucho color, está justo en el comienzo del norte de Europa. Mucho gris, mucho negro, beige. Lo que sí, les encanta el rojo, si tiene que elegir un color se pone rojo. Es una mujer que me encanta, no muestra mucho porque para verse elegante y femenina no hay que mostrarlo todo. Tienen otro sentido de la feminidad y de la elegancia, que no va con el escote ni con el vestido apretado para mostrar que está flaca, no va por ahí como los latinos.

 

¿Y en Chile, las mujeres?
Yo creo que ha habido un avance enorme en la mujer chilena. Primero, el momento económico que vive Chile y segundo, Internet. La información es total y las nuevas generaciones están muy informadas. La gente también viaja más ahora, hay blogs de moda, y se sabe perfectamente lo que viene y lo que les gusta.

 

¿Cómo ha sido el proceso de volver a Chile? Después de tanto tiempo, se te ve más seguido entre Santiago y París.
Lo que pasa es que me demoré mucho en decidirme, pero estoy instalado aquí hace como dos años en un constante ir y venir. Yo me fui el año 1996, pero nunca perdí el contacto con Chile, porque este es mi país y nunca voy a renegar de mis raíces. Aunque tengo la nacionalidad francesa, mis raíces están acá, y sé que siempre aquí va a haber un lugar para mí. Eso, sumado al momento económico que vive Chile, era el minuto de volver. En Europa empezaba la crisis, así que había que irse a otros mercados.

 

¿De qué forma te reencuentras con Chile e incorporas nuestra cultura y raíces en tus diseños?
Todo empezó hace unos años, cuando el gobierno de Chile me pidió hacer un trabajo con la lana de alpaca, y estuve en Arica con la comunidad aymara, dueña de los animales, y fue ahí cuando se me ocurrió comenzar a trabajar con la lana. Actualmente, ya tengo una colección de accesorios y echarpes en alpaca, que exporto a Japón, EE.UU. y Europa. Al principio nadie tenía idea qué era la alpaca. Yo fui el primero, y el único diseñador que presentaba alpaca y ahora es la lana de moda. Es térmica, porque el animal vive en condiciones extremas, muy suave; es un lana bien rica, como con cuerpo. No es fácil trabajarla, porque uno puede caer fácilmente en la artesanía, en la cosa un poco grotesca, pero se logran resultados hermosos. El problema es el precio, porque la mano de obra aquí es carísima, entonces yo llego a Europa con precios muy altos. Chile tiene una de las manos de obra más caras de Latinoamérica, y si sigue así voy a tener que trabajarla en Perú.

 

"El problema es el precio (de la alpaca), porque la mano de obra aquí es carísima, entonces yo llego a Europa con precios muy altos. Chile tiene una de las manos de obra más caras de Latinoamérica, y si sigue así voy a tener que trabajarla en Perú".

 

 

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