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A penas se estrenó esta segunda temporada de Narcos, una de las series originales de Netflix de mayor éxito, se confirmaron otros dos ciclos de la producción basada en la vida de Pablo Escobar, el legendario traficante que le declaró la guerra al Estado colombiano en la segunda mitad de los ochenta, con un saldo de tres mil quinientos civiles muertos y un millar de policías abatidos. Ante la imposibilidad de estirar tanto la historia, las siguientes entregas estarán centradas en Gilberto Rodríguez Orejuela —conocido como El Ajedrecista—, el líder del cartel de Cali que se enfrentó al de Medellín, donde Escobar era amo y señor.
Estos diez capítulos se concentran en los movimientos finales del sanguinario capo de la cocaína, empecinado en conseguir un arreglo con el gobierno de su país y así evitar la extradición a Estados Unidos. Sebastián Marroquín, el hijo de Escobar, se ha dedicado a publicar los errores que la serie comete —hizo una lista de veintiocho detalles—, olvidando que se trata de una adaptación a la vida de su padre. A pesar de esos reparos, Narcos resulta verosímil con sus filmaciones en barrios populares de Colombia, y sobre todo con el trabajo actoral liderado por el brasileño Wagner Moura. Si bien en un inicio costaba asimilar su acento portugués, el siniestro carácter que imprime al personaje soporta una buena parte de la acción.
Aunque sepamos de su final trágico el 2 de diciembre de 1993, la orquestación de su caída en cada capítulo es una compleja danza de alianzas, traiciones, pólvora y sangre. Y ojo que la historia de Rodríguez Orejuela promete. Su violencia fue a la par de un talento que Escobar no tuvo: el de tejer redes en la elite.