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EDICIÓN | Abril 2016

Esgrima japonesa

Miguel Ullivarri, maestro de kendo.
Esgrima japonesa

Destacado exponente de este arte marcial que es deporte nacional en Japón, construyó su historia persiguiendo sus sueños por Asia y Europa. De regreso a Concepción busca enseñar todo lo aprendido.

Por Érico Soto M. / fotografía Sonja San Martín D.

Hablar del kendo es hacerlo de una de las artes marciales más tradicionales del Japón. Su nombre quiere decir “camino de la espada”, y su práctica consiste en enfrentar al oponente ataviado con la característica vestimenta de protección y un sable de bambú, en una especie de esgrima que requiere de técnica y concentración.

Y aunque no es una de las disciplinas más populares fuera de las fronteras de su país, lo cierto es que tiene exponentes en todo el mundo. Y precisamente, es la especialidad que escogió Miguel Ullivarri (39), multicampeón nacional, maestro de kendo, presidente de la Federación de Kendo de Chile y vicepresidente de la Confederación Latinoamericana.

Su historia es llamativa, porque para alcanzar su sueño dejó todo atrás y partió a Japón con el objetivo de aprender kendo, con clases a nivel universitario y los mejores maestros del mundo. Fue allá donde también encontró el amor, formó familia y partió a Rusia para ejercer como instructor de kendo.

Las vueltas de la vida y la inquietud por dedicarse completamente a esta disciplina, lo trajeron el año pasado a Concepción, la misma ciudad donde obtuvo su título profesional (Diseño Industrial en la UBB), esta vez para radicarse y partir con su academia Seishin Kan, un proyecto que comparte con el sensei de karate Osvaldo Rodríguez, y donde pretenden enseñar un sentido unificado del aprendizaje de las artes marciales.

¿Cómo llegas al kendo?
Por una beca para irme a estudiar a Japón, donde estuve dos años. Yo antes practicaba karate, pero la Universidad Internacional de Budo (IBU) me pedía uno de los dos deportes nacionales nipones: kendo o judo. Por eso empecé la práctica del kendo.

¿Cómo te preparaste antes de viajar?
Ya me empezaba a proyectar con la idea de irme a Japón a estudiar. Cuando hice mi práctica profesional, entré a trabajar para juntar la plata para poder irme, y entrenaba con ese objetivo también. Estudié dos años en el Instituto Chileno Japonés de Cultura, para llevar una base de japonés.

¿Cómo fue tu vida en Japón?
Fui con un objetivo formativo, por lo tanto mis mayores esfuerzos eran aprender lo más que podía. Estaba seis horas al día en la universidad, en la ciudad de Chiba, completamente abocado al entrenamiento y aprendizaje. Después de eso, me fui a Tokio, donde tuve la suerte de entrenar con su policía, que tiene el mayor nivel de kendo que existe en el mundo.

¿Pudiste competir?
También, en un nivel muy exigente. El año 2006 gané un campeonato en Japón, lo que fue una experiencia interesante y que provocó un quiebre en mi formación, porque al haber obtenido ese resultado, se me abrieron muchas puertas para poder entrenar con equipos y gente más competitiva.

HISTORIA RUSA

Fue en Japón donde Miguel conoció a su esposa, Ekaterina, una doctora en historia de nacionalidad rusa. Por medio de ella surgió la posibilidad de convertirse en coach en la federación de kendo de San Petersburgo, en Rusia, hacia donde ambos partieron luego de casarse.

Fue una instancia que le permitió seguir consolidando su trayectoria en las artes marciales, compitiendo de paso en el circuito europeo, y avanzando dentro del kendo tras haber logrado el segundo dan (hoy posee el quinto dan en la graduación tradicional). Sin embargo, el periodo en Rusia fue breve, y el joven matrimonio optó por venirse a Chile.

De regreso en Santiago, Miguel siguió dedicándose al kendo, pero su recorrido por el mundo le dio las herramientas para abrirse paso en el mundo de los negocios. Sin embargo, la necesidad de retomar su dedicación exclusiva a las artes marciales, motivó la decisión de dejar de lado la capital y es así como ambos, junto a sus pequeños hijos Darya (7) e Iván (2), emprendieron rumbo a Concepción.

¿Cómo fue ese período en Rusia?
Fui entrenador, por lo tanto mi vida estuvo ligada al kendo. Tuve que trabajar haciendo clases todos los días, cuatro a cinco veces al día, más seminarios y otras cosas. Aprendí ruso, viajé varias veces a Moscú por actividades, y fue un año maravilloso. Es un país que tiene gran cultura, y uno llega con demasiados prejuicios de nuestra formación occidental. Tienen un alto nivel educacional, buen estándar de vida y una cultura profunda. Sigo teniendo muy buenos amigos allá.

¿Por qué regresas a Chile?
Por mi familia. Me casé en Japón, mi señora es rusa, y decidimos establecernos acá, por los niños y el tema familiar. Además me reintegré en el kendo de Chile, y empecé a participar activamente en las actividades de la federación y del seleccionado nacional.

¿Con qué te quedas de lo aprendido en tus viajes?
Lo esencial es practicar constantemente. No hay ningún misticismo ni espiritualidad en el arte marcial si no se hace con constancia. Esa es la clave de todo lo demás. Solo la constancia en la práctica, es la que lleva al mayor conocimiento de ti mismo, de la vida y de objetivos espirituales.

UNIFICAR

¿Llegas avalado por trayectoria y logros deportivos?
El prestigio a veces vale más afuera que en Chile. En Europa gané cinco campeonatos, uno de ellos torneo intercontinental, y uno en Japón. En Chile, he ganado en algún momento todos los torneos que se hacen acá. No pretendo enseñar más de lo que aprendí de mis profesores en Japón. Mi maestro tiene noventa y un años, entrena todos los días y posee la máxima graduación posible; es un maestro de maestros. Yo transmito en esencia lo que él me enseñó.

¿Qué es lo más difícil de este deporte?
En la parte técnica, lo que más me costó aplicar es la energía corporal que se utiliza. En muchas artes marciales, como el karate, las posiciones se desvían del centro del objetivo de ataque, para dar el perfil. En cambio, el kendo es netamente confrontacional y la determinación es fundamental. Desarrollar esa capacidad, técnica y mental, en base a mi experiencia, no la he visto en otro arte marcial. Está la espada, hay gritos, y todo tiene significado. Tienes que vestirte y gritar para intimidar, pues el kiai es un encuentro de energías, y el kakegoe es el grito para romper el espíritu del otro.

¿Te sirvió en algo haber pasado antes por el karate?
De todas formas, pues las artes marciales, como es la misión de mi escuela, se pueden unificar. Las distintas formas de cada disciplina, es posible conectarlas a través de las esencias de cada una de ellas. Una práctica bien conducida o transferida a otra disciplina, va a aportar.

¿Ahora cuál es tu objetivo?
Con mi escuela Seishin Kan (La Casa del Espíritu), enseñamos kendo, iaido, karate y aikijutsu, con un sentido unificado del aprendizaje de las artes marciales. Hace diez años estuvimos juntos con Osvaldo en Japón, porque fue a entrenar y yo vivía allá, y proyectamos hacia dónde queríamos llegar. Y ahora lo estamos concretando.

 

"Con mi escuela Seishin Kan (La Casa del Espíritu), enseñamos kendo, iaido, karate y aikijutsu, con un sentido unificado del aprendizaje de las artes marciales”.

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