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EDICIÓN | Diciembre 2015

El fin de una era

Oficina Pedro de Valdivia
El fin de una era

Dicen que es un cierre temporal, pero la historia nos enseña a los nortinos que el reinventarse es parte de nuestra cotidianeidad y que puede ser que lo que ayer era el hogar, solo quede en los recuerdos de algunos. La oficina salitrera Pedro de Valdivia comenzó sus operaciones en 1931 y este 2015 las cesó bajo el método Guggenheim, que data de comienzos del siglo pasado y que todavía era ocupado para producir yodo y nitratos en la faena más antigua de este tipo en operaciones.

Por Claudia Zazzali C. y colaboración de Andrea Maluenda de Amosson / Fotografías por Angélica Araya y Ricardo Rodríguez.

Luego de ochenta y cuatro años operando ininterrumpidamente, la faena de Pedro de Valdivia tuvo que bajar su cortina, entre otras muchas razones, por causa de un diseño tecnológico que data de principios del siglo pasado y cuya proyección se reduce en términos de flexibilidad y productividad.

Tenía más de mil quinientas viviendas, divididas en residencias para solteros, administradores y familias de obreros. Los equipamientos de esta urbanización fueron planificados bajo el concepto de “ciudad ideal”, ubicando la escuela principal, el mercado y el teatro alrededor de la plaza. La iglesia, en cambio, fue construida alejada del eje central, quizás porque para los anglosajones, primeros dueños de este lugar, no era un tema tan importante como para los latinos. A su costado fue dispuesto el hospital, en una ubicación aislada para evitar contagios masivos.

Junto a la entrada del área industrial se acomodaron el edificio de sindicatos, el restaurante y las instalaciones de policía, donde resguardaban el “control social”.

El primer Teatro de la Oficina fue inaugurado el 1 de diciembre de 1934 en la intersección de las avenidas Diego de Almagro y Bernardo O’Higgins. Le llamaban “teatro de lata” por sus construcción de calaminas y maderas. Desapareció a raíz de un incendio en 1936. Luego, en reemplazo de la pérdida, se construyó a un costado de la plaza un nuevo teatro con capacidad para ochocientas personas con un interior de elegante diseño y grandes dimensiones.

En 1996 se cerró de manera definitiva el campamento, trasladándose los trabajadores a localidades cercanas. Sin embargo, el primer domingo de junio vuelven a Pedro de Valdivia para celebrar su reencuentro con música y tradiciones, donde participan los pedrinos de todo Chile con la nostalgia de quienes perdieron su origen. Hoy, ni siquiera continuará el proceso productivo, calando hondo en el alma de quienes crecieron en el desierto, con la pampa como un patio inmenso donde echar a correr sus sueños.

LAS CLAUSURAS QUE DUELEN

La noticia del cierre de Pedro de Valdivia removió los recuerdos de infancia de la periodista y escritora nacida en Antofagasta, Andrea Maluenda de Amosson, cuando la pampa era su patio. Hoy, desde Dallas, ciudad donde vive, comparte sus reflexiones sobre "Pedrito" y su gente.

“Un lunar, aquello que nos caracteriza desde el nacimiento, un acento especial, algo inespecífico en el caminar, una cierta manera de ver el mundo… ¿Qué es ser pampino?, intento explicarle a mis hijos y compruebo lo difícil que resulta definir a la gente del Atacama. Y no cualquier gente, yo hablo de quienes dejaron los vergeles del sur de Chile hace más de dos siglos y a la fecha continúan emigrando, con tal de afincarse en una tierra pedregosa, con un sol despiadado y una eterna película de polvo sobre sus cabezas.

De ahí vengo yo, de un bisabuelo que recorría el norte buscando trabajo, acarreando a su mujer y sus hijos. De una bisabuela que fabricaba turrón y helado a mano. De una abuela que abrió un rancho para alimentar a los mineros que llegaban con hambre después de una larga jornada en las faenas. De un menú que consistía en platos fuertes al desayuno, almuerzo, onces y cena. De mi madre que a los seis años se levantaba a las cinco de la mañana para ir a la fila del pan y de la carne, con tal de que su madre tuviese lo necesario para mantener el rancho. Doña Amelia, mi bisabuela. Doña Leonarda, mi abuela. La señora Norma, mi madre.

A los siete años mi vida acuosa al lado del mar antofagastino por fin se solidificaría y nos iríamos a reunir con Enrique, mi padre, quien se había ido antes a Pedro de Valdivia para trabajar. Era mi turno de echar raíces en un desierto árido, más árido que la Luna misma. Y me entregué a la tarea con toda la convicción de la niñez, esa seguridad que tenemos cuando todavía no nos hemos dado grandes tropezones, cuando el corazón está intacto, cuando las únicas lágrimas que surgen son producto de rodillas raspadas.

Así me lancé yo a volverme Pedrina, a recorrer las calles de mi propio reino inaugurado, sin bosques ni hadas madrinas, un lugar de tierra y piedras y calor y cielo azul. Un lugar donde la gran diversión era contarnos historias de terror, ojalá al atardecer, con tal de volvernos a casa temblando, anticipando la aparición del perro que se transforma en diablo a la vuelta de cada esquina. Y toda esta maravilla ocurría en Pedro de Valdivia, “Pedrito”, mi hogar que pronto van a clausurar.

Pedrito fue testigo de tantas primeras veces. Fue la época de las cicletadas, en que los niños nos reuníamos en la plaza con nuestras bicicletas rojas, azules, moradas, para pasear por el pueblo. Recuerdo regresar a casa al cabo de dos horas con una bicicleta destruida, ante la indignación de mi madre, que pensaba que alguien la había roto a propósito y no, había sido yo, que chocaba a medio mundo, incluyendo al auto de carabineros que iba adelante escoltándonos. La época de las Olimpiadas del Salitre, en que yo estaba dispuesta a trenzarme a golpes con las niñas de salitreras “enemigas”, que no estuvieran de acuerdo en que mi papá —y no el de ellas— era el mejor deportista.

Esta fue mi infancia en Pedro de Valdivia, la de irnos a la escuela saltando de piedra en piedra. La de llegar tarde a clases porque si nos caíamos al suelo, teníamos que retroceder a la primera piedra y empezar todo de nuevo.

Pedrito, ahora lo clausuran, ahora sí que le echan ripio encima y con ello la posibilidad de mostrarle a mis hijos quién fui, dónde crecí, cómo surgió esta mujer que ahora cuenta historias en una tierra lejana y caliente también, en Dallas. Cómo enseñarles la sencilla y dura vida del pampino, desde la pradera domesticada de Texas.

¿Qué es ser pampino? Una marca, un lunar, aquello que nos caracteriza desde nacimiento… La increíble y única capacidad de echar raíces en un desierto que no cobija a nadie más que a nosotros. Y ser pedrino es formar parte de un legado, de una familia grande y potente que no se torna agua de espejismo. Cierran Pedro de Valdivia y es desarraigo total. Nos cubren con relave como antes cubrieron a los pampinos con balas. A veces pienso que hay finales peores que la muerte: la clausura es uno de ellos.

 

"Así me lancé yo a volverme Pedrina, a recorrer las calles de mi propio reino inaugurado, sin bosques ni hadas madrinas, un lugar de tierra y piedras y calor y cielo azul".

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