Con veintisiete años, la sicóloga Javiera Sanhueza ha tenido una vida intensa. Descubrió el yoga siendo pequeña y, ya en la universidad, se dio cuenta de que eso “era lo suyo”. Vivió en Buenos Aires, donde se adentró en el mundo del yoga, y luego viajó a la India, lugar que le cambió la vida.
Por Paz Moraga S. fotografía Sonja San Martín D
No es cliché afirmar que a Javiera Sanhueza Milla le brillan los ojos cuando habla de su pasión, el yoga. Y es que hasta su tono de voz pausado se acelera cuando relata sus pasos para lograr adentrarse cada vez más en una disciplina compleja, en la que la perfección es prácticamente inalcanzable y donde el aprendizaje se forja con práctica y estudio constantes.
Nacida en Chuquicamata, llegó de niña a vivir a Concepción, donde descubrió su gusto por el yoga y la sicología, carrera que estudió en la Universidad del Desarrollo, donde obtuvo, incluso, un reconocimiento por su excelencia académica. Sin embargo, el destino siempre empujó a Javiera hacia el yoga y no dudó en seguir ese camino. Ahora es instructora de yoga Ashtanga.
El apoyo de sus padres fue fundamental y un aliciente para decidirse a emprender rumbo a Buenos Aires, donde trabajó como sicóloga, cursó un postítulo y estudió yoga. Javiera reconoce que comenzó a tomarse el yoga mucho más en serio, cuando entró a una práctica más rigurosa y tomó conciencia de los cambios internos que este le provocaba, “en cuanto a la estabilidad emocional, disciplina, alimentación y mejora de mis relaciones interpersonales. El sentimiento de estar tranquila con lo que soy, no me lo había dado nunca nada, ni siquiera la sicología”, indica.
MÁS INTEGRAL
El nivel de las clases de Javiera ha provocado que, prácticamente, no queden cupos para sus cursos. Y es que el aprendizaje del yoga, específicamente de la disciplina Ashtanga, trae consigo una serie de beneficios que son visibles con su práctica constante: “cuando se practica en serio, varias veces a la semana, por ejemplo, puedes dejar de fumar, porque el cuerpo lo rechaza, da asco. Entonces, esos hábitos que no son saludables, se transforman en forma gradual”, asegura.
Para esta estudiosa del yoga, la práctica provoca cambios profundos que no sólo tienen que ver con un mejor estado físico, sino que también hay un cambio en los intereses, “las fiestas, el carrete, ya no te interesa. Quieres compartir, pero eso de querer tomar, o carretear, ya no te llena, porque te das cuenta de que es placentero, pero para un rato. Luego empiezas a sentirte pesado, con sueño y con dolores físicos. El otro estado es más placentero, te sientes más liviana, más feliz, con más energía y más positiva”, reflexiona Javiera, y asegura que el cambio es a tal nivel que se aprende a escuchar un poco más. “La práctica enseña a ser más paciente, a simpatizar con el otro y a no tomarse las cosas tan en serio”.
Javiera transmite esta experiencia en los distintos centros donde imparte clases. Allí, cuenta, ha visto cambios increíbles en las personas que han logrado un equilibrio entre mente y cuerpo. “Han llegado alumnos con serios problemas físicos y han vuelto a tener la movilidad que creían perdida. Y otros, con problemas personales, que han conseguido tranquilidad y paz”.
Algún ejemplo de cambio concreto…
Vi gente que tenía un fierro desde el cuello hasta la espalda baja, que no podían hacer nada ni siquiera agacharse. Gente con muchos problemas físicos, con muchas lesiones de otras disciplinas, y yo aposté que habría un cambio en ellos. Hoy pueden hacer cosas impensadas para mí y para ellos. Les cambió su situación con su cuerpo y con el medio, porque se sienten más seguros. Ha llegado gente mayor, con cero conciencia corporal, con mucha ansiedad y que hoy tienen cinco kilos menos, que andan relajados y que logran abstraerse del mundo de estrés en el que viven. También hay cambios en sus hábitos alimenticios, no comen ciertas cosas porque su cuerpo las rechaza.
PRIMER ACERCAMIENTO
Javiera Sanhueza decidió perfeccionarse en Argentina, donde se encuentra una de las mejores escuelas de Yoga, el Yogabrahmananda Institute. Ahí, obtuvo su primera formación y se encuentra su guía, Swami Yogabrahamanda, de quien adquirió el conocimiento del Ashtanga Vinyasa Yoga, la disciplina que ella imparte y que, según explica, es una de las áreas más tradicionales del yoga.
Fue un poco más de un año de intenso estudio y trabajo, pero donde Javiera declara haber estado profundamente feliz, “yo no iba a volver, pero regresé a Concepción por temas personales. Llegué con la idea que tenía que aplicar lo aprendido. Más allá de entregarlo como profesora, es compartir lo que aprendí y viví”.
Poco a poco se le abrieron las puertas y, reconoce, que fue por su perseverancia, “con mucho sacrificio, porque al principio es lento, pero tienes que estar ahí, porque cuando crees en algo, y te hace sentido lo que estás haciendo, y eres responsable, las cosas funcionan. Hace un año y medio que no me detengo”.
RESPIRANDO YOGA
Con un buen camino recorrido, a Javiera le faltaba tal vez la prueba más importante: viajar a la India a prepararse con los maestros de maestros. Este año pudo concretar su sueño y tomó sus maletas para estar dos meses y medio en un riguroso entrenamiento.
¿Por qué India?
Allá están los mejores profesores. Si estás estudiando algo, tienes que ir a la fuente, el lugar donde nace.
“En India te mueven muchas cosas, es un país donde ves de todo y la gente vive con mucha sencillez. Ellos le dan valor a aspectos que nosotros hemos perdido. La gente es muy consciente de la espiritualidad en general, del disfrutar del silencio, del respeto y la disciplina. Es otro mundo, India es un país que conmueve”.
¿Cómo es el proceso?
Tienes que postular y no todos quedan. Hay un tiempo mínimo y un máximo para estar y son muy exigentes. Es un ritmo muy intenso e, internamente, se mueven muchas cosas. Hay que levantarse y dormirse muy temprano, comer sano. En el ambiente hay mucho respeto, hablan poco, están presentes y lo poco que dicen, remueve (…) no sé cómo explicarlo. Estar en esa situación, te cambia la vida.
¿Qué viene después de este viaje?
Vuelvo a entregar lo que aprendí, a compartir lo que aprendí. Yo no soy una maestra, aunque haya estudiado. Para que te reconozcan como tal, en India son años, tienes que ir cada cierto tiempo a la escuela específica, para que recién puedas decir “soy profesor”.
¿A qué invita el yoga?
El yoga llama a salir de la zona de confort, el Ashtanga llama a eso. No existe la comodidad, si estás en la comodidad, te duermes y ahí te quedas
"Han llegado alumnos con serios problemas físicos y han vuelto a tener la movilidad que creían perdida. Y otros, con problemas personales, que han conseguido tranquilidad y paz”.