El trigo definió la economía de la frontera, su ocupación y su forma de vida. Hoy sigue siendo un producto fundamental, aunque los pinos y eucaliptus han transformado el paisaje, que luce ahora más verde que amarillo
La historia de Chile central, en especial de su economía, pero también de sus costumbres, está muy ligada al trigo. Al siglo XVII se le llama “el siglo del trigo”, pues corresponde a la época en que se forman las grandes haciendas, comienzan las exportaciones al Perú y, de la mano del trabajo agrícola, se desarrolla la trilla, la cueca y tantas tradiciones campesinas.
El trigo también es producto principal del centro sur chileno, representado por nuestra región. En torno al Itata maduran las gavillas, en sana convivencia con las viñas y otras producciones, desde la temprana Conquista. En el siglo XIX, la zona triguera se expande hacia el sur, motivada por los mercados que se abren con la demanda del norte minero, la mayor población nacional en general y aun la demanda extraordinaria que provocaron la fiebre del oro de California y de Australia.
Hacia mediados de aquel siglo, en efecto, los pantanos y la selva nativa de la Araucanía van dejando paso a las praderas trigueras. Es la época de la inmigración europea en Contulmo, Cañete y Temuco; de la llamada Ocupación de la Araucanía y de los ferrocarriles, que cruzan el territorio acercando las producciones a los centros de consumo. Se levantan pueblos, como Galvarino, Lautaro o Los Sauces; se construyen molinos por doquier y un gran empresario, José Bunster, establece un banco en Angol, el Banco de José Bunster, en 1882, con un capital de cien mil pesos. Organizó una red de molinos en Collipulli, Nueva Imperial, Traiguén y Angol; aserraderos, acueductos y ferrocarriles. Llegó a ser responsable de la mitad de la producción nacional del cereal.
El trigo definió la economía de la frontera, su ocupación y su forma de vida. Hoy sigue siendo un producto fundamental, aunque los pinos y eucaliptus han transformado el paisaje, que luce ahora más verde que amarillo. Cualquiera que sea su futuro, el trigo ocupará siempre un lugar importante en la historia económica regional.
En Concepción, grandes fortunas se amasaron al ritmo de los molinos. Extranjeros fueron, en general, los que crearon las primeras instalaciones industriales, como Smith, Delano y otros; pero también se recuerda a nacionales, como José Ignacio Palma, dueño del Molino de Puchacay.
Por el puerto de Tomé y luego por Talcahuano, la harina y el trigo partían rumbo a múltiples destinos. La riqueza de Concepción, que permitió levantar hermosos edificios en el siglo XIX, se debe al carbón y al trigo. La diosa Ceres, que rinde culto a la agricultura, con una gavilla y una hoz en la mano, testimonia, desde la fuente de la Plaza de la Independencia, ese pasado triguero