Desde que empecé a usar mi bicicleta con mayor frecuencia para moverme dentro de un radio central de entre tres a cinco kilómetros, comencé a descubrir una nueva ciudad que es muy distinta en su percepción de la ciudad peatonal o la del automóvil.
La ciudad, más cercana, se desliza lenta y gradualmente junto a nuestro paso. De cierta forma acompaña nuestro andar. Afuera, más allá de sus límites, un sol poniente cae detrás de estos nuevos edificios. En el cielo, algunas nubes anaranjadas, aún algo alborotadas por el viento, viajan hacia el horizonte, sobre el río, y dibujan caprichosas formas hechas de fuego y vapor. Formas omnipresentes pintadas con luces de vivos colores rojos violáceos que preceden a las primeras estrellas azules de la noche que se avecina por el horizonte opuesto.
Cae la tarde ahí donde el día y la noche se funden, ahí donde la brisa primaveral acompaña, guía y nos insinúa el rumor de algunas historias en el aroma perfumado de un día perfecto que acaba lentamente. Viajo en el tiempo, en las posibilidades que este lugar me ofrece, viajo por mi ciudad montado en mi bicicleta un día sábado por la tarde junto a mis hijos Antonia y Santiago, que en su niñez disfrutan de este paseo y de cada rincón que se nos ofrece como una aventura nueva e inesperada. Aventuras que, como una historia narrada en primera persona, parecen existir solo para nosotros. Estas historias, estos recuerdos constituyen el relato del que hemos hablado anteriormente y que otorgan identidad, arraigo y sentido de pertenencia. Estas historias constituyen un relato, a veces propio a veces colectivo, que perdurará en la memoria.
El lugar y el tiempo descritos transcurren, silenciosa e inadvertidamente, una tarde cualquiera hace un par de días atrás. ¿Dónde?, en nuestra diagonal Pedro Aguirre Cerda, Plaza Perú, Chacabuco y el campus que comprende la Ciudad Universitaria de la Universidad de Concepción. Lejos de un mall, lejos del ruido, lejos aparentemente de todo lo cotidiano del día a día.
Concepción es así, una ciudad dura y un poco hosca, pero que nos ofrece nobles espacios para descubrir si es que se dispone de un poco de tiempo y se los sabe observar. Somos una ciudad de fragmentos y micro espacios, de rincones, lugares, personas, pasajes, plazas y algunos edificios interesantes. Una ciudad de memorias olvidadizas que hay que descubrir lentamente, bajándonos del automóvil, desacelerando un poco esta vida acelerada, cansándonos del paseo monótono al que somos sometidos por inercia dentro de un centro comercial, pasando más tiempo desconectado de la televisión, de los medios y de esta web plana que nos aplana mientras creemos estar conectados con todo y en realidad no “estamos” en ninguna parte.
La ciudad hay que verla, vivirla y sentirla ahí donde está la vida de verdad, donde existimos y, a su vez, existen los demás.
Desde que empecé a usar (en la medida que el clima lo permite) mi bicicleta con mayor frecuencia para moverme dentro de un radio central de entre tres a cinco kilómetros, comencé a descubrir una nueva ciudad que es muy distinta en su percepción de la ciudad peatonal o de la del automóvil. La clave está en la velocidad que la bicicleta permite desarrollar. Ideal para una ciudad del tamaño de la nuestra porque todo está ahí, la calle, los edificios, las personas, los sonidos, una conversación al pasar, los aromas, la brisa, el aire en la cara, en el cuerpo, la sensación de vínculo, de libertad y el tiempo necesario para disfrutarlo.
Uno de los grandes problemas de las ciudades modernas que afecta directamente a las personas y su calidad de vida es la movilidad urbana que se tornó en un gran dolor de cabeza. La bicicleta por sí sola no es la solución, pero sí verá cómo le cambia la vida.