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Reportaje

EDICIÓN | Marzo 2012

Muere un grande

Sergio Larraín, fotógrafo
Muere un grande

El mundo de la fotografía está de luto. Uno de sus grandes exponentes murió a los ochenta y un años, lejos de la fama, en el pueblo de Tulahuén, al interior de Ovalle. En la cima de su carrera profesional en la prestigiosa Agencia Magnum en París, este genio, único chileno en trabajar para Henri Cartier-Bresson, decidió abandonarlo todo para dedicarse al yoga y la meditación. Hoy sus pares y seguidores le rinden tributo, mientras en nuestro país empiezan a levantarse voces que piden recuperar su legado.

Por Laura Valdés P. / fotografías Sergio Larraín E.

Su nombre llena actualmente páginas en Internet. Artículos sobre su muerte y su misteriosa vida acaparan portadas. Y sus fotografías vuelven a surgir de las sombras para el regocijo de sus seguidores. Sergio Larraín vuelve a ocupar un sitial en los medios de prensa, pero esta vez no solo con sus instantáneas en blanco y negro, sino también con su propia biografía que seduce y encanta.

Nacido en 1931 en Santiago, a este hijo de un reconocido arquitecto le cambió la vida cuando, a los dieciocho años, adquirió su primera cámara fotográfica, una Leica IIIC. Corría el año 1949 y había viajado a Estados Unidos a estudiar ingeniería forestal en la Universidad de Berkeley, carrera que nunca le gustó.  El descubrimiento del mundo a través de su lente lo cautivó. Dos años después regresa a Chile y comienza a fotografiar.  Recorre calles, rincones y empieza a capturar escenas con un alto sentido estético y también con potentes mensajes. El mundo de la pobreza y marginalidad queda retratado en los niños que vivían a orillas del Río Mapocho. Este trabajo encargado por el Hogar de Cristo lo consagró internacionalmente cuando el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMa) le compra un par de fotografías.

Poco antes, ya había empezado a recorrer el mundo. Aprovechando un viaje familiar conoce Europa, Egipto y Oriente Medio con solo veinte años. Al regresar, se instala en Valparaíso y desde esa ciudad empieza a sacar sus series más famosas, como la de dos niñas que van bajando por el pasaje Bavestrello. "El juego es partir a la aventura, como un velero, soltar velas (...) ir  por las calles todo el día, vagar y vagar por partes desconocidas y sentarse cuando uno está cansado bajo un árbol, comprar un plátano o unos panes y así tomar un tren, ir a una parte que a uno le tinque, y mirar, dibujar también, y mirar", así aconsejaba, en una carta escrita en 1982, a su sobrino Sebastián Donoso sobre cómo hacer fotografía.

Esa inquietud por descubrir nuevas imágenes lo hace postular y ganar una beca del British Council, llegando de esta forma a Inglaterra. Allí la neblina, los paraguas oscuros, los sombreros de copa alta toman protagonismo. La escala de grises se mezcla con luces y sombras en su máxima expresión en los rostros londinenses. Su trabajo impresiona al mítico fotógrafo francés Henri Cartier-Bresson y lo contrata para que trabaje en la prestigiosa agencia Magnum. Antes debe pasar una prueba de fuego: hacer un reportaje fotográfico sobre la mafia siciliana, incluido un retrato de don Giuseppe Russo. Cuatro meses después, regresa con el encargo, en el que se ven instantáneas del jefe máximo durmiendo la siesta. Las fotografías son vendidas por miles de dólares a revistas del mundo. Larraín se traslada a París.

<strong>FAMA Y RETIRO</strong>

Sus trabajos en Magnum empiezan a ser publicados en revistas como <em>Paris Match</em>, entre otras de gran prestigio. Empieza a codearse con los grandes fotógrafos europeos. Y las anécdotas son inspiración para escritores y cineastas. Un día el fotógrafo chileno revela una fotografía tomada a un costado de la Catedral de Notre Dame. Al ampliarla descubre a una pareja en pleno acto sexual; esta historia fascinó a Julio Cortázar, quien conoce del propio Larraín los detalles que luego plasmaría en el cuento <em>Las babas del diablo </em>en 1964. Dos años después, el cineasta Michelangelo Antonioni llevó a la pantalla su versión de la historia en el film <em>Blow Up</em>.

En Chile, Pablo Neruda le pide que trabajen en conjunto en un libro sobre su casa en Isla Negra. En 1965, firman juntos para el libro <em>Valparaíso.</em> Poesía y fotografía unen eximios talentos. Sergio Larraín estaba en la cúspide de su carrera.

Sin embargo, a fines de los sesenta, la vida de Sergio Larraín da un giro completo. Abandona la agencia, toma sus maletas y regresa a Chile. Con treinta y siete años se une a las enseñanzas del boliviano Oscar Ichazo, maestro del grupo Arica. Empieza un repliegue espiritual influido en el misticismo oriental, se dedica a la meditación y al yoga. Primero vive al interior del Valle de Azapa, luego se traslada a El Arrayán y en los años setenta se muda definitivamente a Tulahuén, un pueblo al interior del Valle de Limarí en la región de Coquimbo.

Su figura se desvanece y comienza a surgir el mito. No da entrevistas, no quiere cámaras. Lo empiezan a buscar del <em>New York Times</em>, de <em>El País,</em> entre otros prestigiosos diarios internacionales. Se acrecienta el misterio y el interés en el porqué dejó la fotografía. Su reclusión inspira al escritor y periodista chileno Marcelo Simonetti. En el 2009, publica su novela <em>El fotógrafo de Dios</em>, quien aventura una explicación para tal huida: una amenaza de la mafia siciliana.

Nada de eso se puede comprobar. Sin embargo, para el fotógrafo Mauricio Toro Goya, quien conoció a Larraín hace diez años y con quien mantuvo amistad a lo largo de este tiempo, todo corresponde a un mito. "Como fotógrafo tuve la inquietud de conocer a Sergio cuando me enteré que él vivía en la región. Al principio le escribí varias cartas contándole  lo que hacía y quién era yo. Al poco tiempo me respondió y lo invité a dar una charla a estudiantes de periodismo de la Universidad de La Serena (ULS) para hablar sobre fotografía, y él aceptó", señala Toro.

Cuenta que esa fue la primera vez que lo vio. Bajó en la Plaza de Armas vestido de forma muy sencilla, se saludaron y fueron caminando hasta el centro de Extensión de la ULS, ubicada en calle Prat. Cuando estuvo frente a los alumnos, se dedicó a hablar sobre el cambio climático, el cuidado a la naturaleza y temas que hace diez años, en Chile, todavía no eran contingentes. Nadie se atrevía a decir nada, pero se miraban extrañados porque esperaban que el hablara sobre fotografía. "En eso, hizo una pausa, nos miró y dijo: <em>me imagino que ustedes están aquí para saber sobre fotografía, bien, voy a hablarles de mi vida como fotógrafo</em> y habló desde que tomó su primera cámara hasta que dejó de hacer fotografía... habló una hora sobre su vida como fotógrafo. Entonces, cuando hay todo este mito de que Larraín no hablaba de fotografía es una justificación para otras cosas",  enfatiza Mauricio.

Al preguntarle si Sergio les contó sobre el motivo de abandonar meteórica carrera, Toro asiente. "Lo conversamos, pero no en esa oportunidad", señala explicando los detalles. Magnum había enviado a Larraín a cubrir una reunión entre Rusia y Estados Unidos por el desarme nuclear en la OTAN. Había llegado temprano y estado presente en las conversaciones sostenidas entre los representantes de cada país. Al principio de la reunión, el diplomático norteamericano le preguntó al ruso cuándo ese país estaba dispuesto a empezar el desarme. El ruso no quiso adelantar fechas y planteó, en cambio, la misma pregunta a su interlocutor: en qué momento Estados Unidos comenzaría a liquidar sus armas. Habían transcurrido varias horas y Sergio tuvo que salir un momento para entregar los rollos a un motorista de la agencia que lo esperaba a las afueras del edificio. Al darse vuelta se percató de una tira de diarios cuyo titular señalaba <em>"</em>Rusia se niega al desarme nuclear<em>"</em>. En ese momento se dio cuenta de que lo que había pasado al interior de la reunión era muy distinto a lo que salió en los medios de prensa. "Comenzó a entender que su trabajo estaba apoyando cosas que no eran la verdad y se lo empezó a cuestionar como persona y eso lo fue llevando, junto a otros eventos posteriores, a que decidiera retirarse" concluye Toro.

<strong>LEGADO</strong>

"Sigue lo que es tu gusto y nada más. No le creas más que a tu gusto, tú eres la vida y la vida es la que se escoge. Lo que no te guste a ti, no lo veas, no sirve. Tú eres el único criterio". Así Sergio Larraín subrayaba las líneas escritas a su sobrino en la carta que se haría pública años más tarde. Oraciones que retratan su forma de pensar y actuar. Siguiendo esta premisa, el fotógrafo reconocido cambió la ciudad de las luces por un pueblo perdido al interior de Ovalle.

Tulahuén. Casas bajas de adobe con calles de polvo seco, allí donde en el verano la sombra de los árboles permite refugiarse del sol, mientras sus pobladores se sientan en los dinteles de las puertas a conversar o a ver pasar el tiempo  lentamente. Al final del callejón de los guindos, en una pequeña casa con vista al río, Sergio se trasladó a vivir con su hijo Juan José. Su vida transcurrió, desde entonces, dedicado a pintar, a escuchar música clásica, a leer y a meditar. La televisión, la radio y el teléfono nunca estuvieron presentes en el hogar. Y solo algunas personas, las más cercanas, fueron invitadas  a pasar.

En su modesta cama, el 7 de febrero del 2012, Sergio Larraín Echeñique murió. Su funeral fue sencillo. Acompañado de sus más cercanos, fue enterrado en el cementerio del pueblo donde el sonido de las palas y de un arpa sonando era lo único que se escuchó. En respetuoso silencio, la gente se retiró dejando entre las flores un cartel escrito a mano que decía "Don Sergio: el pueblo de Tulahuén se siente orgulloso de haberte acogido en sus faldas y agradece tu legado".

Ironías del destino. Solo algunos vecinos fueron privilegiados de tener en sus manos pequeños libros con dibujos y enseñanzas que solía repartir. La gran obra de Larraín es casi desconocida en Chile. Sus originales se encuentran en la agencia Magnum y el resto de fotografías se reparten en Londres, Nueva York, París y Valencia.

Con su muerte, surge la gran pregunta sobre el destino final de su legado. Sus hijos, Juan José y Gregoria, todavía no tienen claro cuál va a ser. "Nosotros necesitamos divulgar la fotografía de Larraín como la poesía de Neruda, la de Gabriela, como la obra de Matta y la de tantos artistas chilenos. Necesitamos divulgarla en la gente, no en la elite cultural. Entonces, más que un homenaje, necesitamos su obra", señala Mauricio Toro.

Nadie es profeta en su tierra, y Sergio Larraín tampoco lo fue. Quizás sea hora de que su país conozca el trabajo de un genio, de un adelantado a su época, de un hombre que logró capturar la esencia de personas y situaciones con un solo disparo de cámara. Aplaudido por los grandes y reconocido mundialmente, es de esperar que ahora su obra también se difunda en Chile.

"<strong><em>Nosotros necesitamos divulgar la fotografía de Larraín como la poesía de Neruda, la de Gabriela, como la obra de Matta y la de tantos artistas chilenos. Necesitamos divulgarla en la gente, no en la elite cultural. Entonces, más que un homenaje, necesitamos su obra", Mauricio Toro, fotógrafo.</em></strong>

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